Cuento policiaco 5: Abubillas

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—¡Mujer, de cincuenta y cinco años aproximadamente, rasgos predominantemente europeos. Con identificación, pero no me cuadra que sea su nombre. Iba en silla de ruedas. Tengo entendido que vivía en el piso 11 de la torre Monet. Llevaba en un discreto bolso un inhalador, un sobre con billetes de baja denominación, un abridor de cartas, un carnet de discapacidad y una tarjeta de crédito. Eso es todo, Mayor.

—¿Eso nomás? –El mayor Villafana abrió los brazos en señal de que eso no le servía de nada—.Lo único raro aquí es que una mujer sola y lisiadita se haya venido hasta acá. Y ya sé, hay… gente… mayor... que… quiere… vivir… lejos… del… alboroto… del... primer mundo… gente que se las pinta de Hippie o de yo no sé qué. ¿Era misionera?

—Me han reportado que no, mayor; pero el forense promete darme más datos cuando los tenga. Este es el carnet de extranjería que encontré a un costado del cuerpo… ¡Mire! —Y Jiménez le extiende el documento con la esperanza de que Villafana descifre algo diferente.

—El carnet se ve legal, el material y toda la cojudeza. ¡Así que María Zeneli Yuste, nacida en Bélgica! Hay la posibilidad de que esa identidad sea trucha, pero, por ahora, es más fácil creerque así se llamó la finadita. ¿La has googleado?

—Se encuentra como ciudadana belga, jefe, pero hay poca actividad en su país de origen. Algunos viajes a Sudamérica y desde hace cinco años vivió en Perú.

—¿Y algo que te llamó la atención entre sus pertenencias?

—Nada en particular… O bueno, sí… Una libretita de apuntes.

—¡Y qué tiene de especial una mugrosa libreta de apuntes. ¿Había escrito algo?

—No exactamente escrito, solo unos dibujos mal hechos de unos pájaros extraños.

—¿Y cómo carajo vas a saber que los dibujos son malos, si ni tú mismo sabes cómo son los pájaros esos ? –rio el Mayor torciendo la boca y luego le dijo a Jiménez muy bajito—: esas mujeres que dibujan pájaros son igual de maniáticas que las que coleccionan cien gatitos en casa.

—Seguro, Mayor –mantuvo la solemnidad Jiménez—, pero estaban dibujados con lápiz en diez páginas de la libreta. Todo lo demás es lo que suele haber en uncuaderno, algunas cuentas y listas de compras, nombres...

— Tráeme todo, tómale foto a todo; vete si es posible al Manu y, si encuentras un pájaro parecido al bicho ese, también me lo traes.

Jiménez se abatió por la poca disposición de Villafana. Tomó resignado, una por una, las evidencias y las encapsuló en una bolsa de polipropileno. Sabía que en cuestión de horas la muerte de la mujer pasaría a considerarse como natural. Nadie le había hecho daño y solo acababan de encontrarla derribada en el piso del pasillo, a un costado de los ascensores.Receló que tal vez estaba prestándole demasiado interés al caso de una mujer solitaria que se pudo haber muerto de cualquier cosa, nadie se lo agradecería; pero su mente lo forzaba a completar ese puzle, no había marcha atrás.

Sonó el célular continuamente; un mensaje del forense.No se habían encontrado enfermedades de riesgo en María Zeneli. Tampoco se hallaron motivos suficientes para que se desplazara en silla de ruedas. Cabía la posibilidad de que alguien le hubiera provocado la muerte, aunque también de alguna impresión repentina que la hubiera desencadenado. Después de todo, la ubicación de la silla alejaba la probabilidad de un homicidio tal como se le concibe.

Hojeó la libreta y comparó los trazos de los dibujos, aunque se centró en el primero. No era un pájaro común entre los que se conocían, pero sabía que si lo encontraba entre muchos otros, podría identificarlo rápidamente.Todos los dibujos mostraban aun pájaro en un mismo ángulo y, al parecer, ella había usado el mismo lápiz. La única diferencia estaba en la presión del dibujo sobre el papel. Los primeros tenían un trazo menos relajado y se les notaban algunos borrones; mientras que los posteriores eran más limpios y agradables a la vista. Solo el último lucía como un dibujo apresurado, con el penacho exageradamente alto en comparación a los anteriores. Intentó repetir el mismo patrón naturalmente, pero luego le pareció absurdo, nunca había visto aquella ave.

Le tomó unos cinco días, desde escribir todas las características del pájaro que les fuera posible en Internet, hasta dar con lo que había estado buscando. Era un buen dibujo el de la mujer, sobre todo por la dificultad que él encontraba en delinear la figura del animalfrontalmente. Llevaba un plumaje que oscilaba entre el naranja y el canela sobre el pecho y el lomo, mientrasque unas hermosas rayas, que alternaban el blanco y el negro, pintaban las alas y la cola. La cresta, de un naranja más intenso que el resto del cuerpo, se alargaba, a modo de corona, desde la base del pico hasta el inicio del cuello; sus patas eran cortas y fuertes al adherirse en las ramas de los árboles. Tuvo la necesidad imperiosa de ir en ese mismo momento al departamento que había ocupado María Zeneli, sobre todo porque tenía la impresión de que la investigación sería desestimada en cuestión de días, pero la discreción era, de momento, una mejor aliada. El nombre del ave resonó en su cabeza durante los días en los que no pudo acercarse a la torre: Abubilla.

Tenía que apresurarse, era seguro que Villafana le exigiría nuevas pruebas antes de “ajustar” al fiscal; todavía no tenía problemas con el conserje para dejarlo entrar en el edificio, y en agradecimiento, simuló su mejor sonrisa. Tomó el ascensor al vuelo y se disculpó con una joven con la que había tropezado al entrar.

—No hay problema, fui yo la que no me quité de la puerta —Sonrió una mujer de unos veinticinco años en traje sastre, tan comedida que Jiménez perdió la ansiedad que le originaba la posibilidad de no obtener los resultados esperados en el departamento de Zeneli.

— Igual, discúlpeme, llevo prisa –devolvió el suboficial la Cordialidad, aunque le costaba hablar cada vez más, a medida que no estaba en el lugar de los hechos.

—Este ascensor es muy antiguo, no entiendo por qué los botones están tan arriba, no todos pueden alcanzarlos.

Bajo los botones que señalaba la joven, había un llamativo grabado en la pared del ascensor, o fue eso lo que Jiménez pensó que sería. No entendía si se trataba del símbolo de una marca de ascensores o algo que identificaba al propio edificio. Tomó discretamente una foto al grabado y a la parte frontal del elevador.

—Es raro, ¿no? –preguntó la joven.

—¿Raro qué?

— El diseño anticuado de los ascensores. Además, producen algo de vértigo, no es un ascensor seguro –La cortesía y el buen humor no se apartaban del rostro de la mujer, pese a la poca disposición de Jiménez para las buenas formas.

—¡Esto no tiene cuándo llegar al décimo piso! ¡Rayos!

—Por eso le digo, el mecanismo está averiado, alguien podría pasarse aquí una eternidad de tiempo tratando de llegar a su piso.

— Yo no dispongo de tiempo, estoy contra el reloj en una investigación policial. Tomaré las escaleras, ya no llegaré.

—Entonces trabaja en algo que yo valoro mucho, la seguridad. Mucho gusto. Soy Leonor Altamirano, gerente de logística de la empresa prestadora de seguridad que trabaja para este edificio. Para lo que me necesite –Le entregó una tarjeta, que Jiménez guardó en su bolsillo antes de abandonar el ascensor.

Tomó algunas fotos al departamento, pero no encontró más que la austeridad propia de alguien que vivía solo. Le llamó la atención que en uno de los botes de basura hubiera más dibujos de abubillas, que pasarían desapercibidos si hallara alguna anotación respecto de las inquietudes por estos pájaros en alguna parte. Tomó su móvil y comparó estos nuevos dibujos con los anteriores, pero no había mucha diferencia, más allá de que los trazos de ahora sí denotaban nerviosismo y, probablemente, pánico. Abrió la carpeta de fotografías de su móvil y se dio con aquella que había tomado en el ascensor. La amplificó y distinguió mejor el grabado en el metal. No era un grabado precisamente, sino una tosca incisión hecha por alguien con mucha destreza. La figura tenía una forma irregular e inorgánica. Estuvo a punto de cerrarla, pero notó entre las imperfecciones una prominencia en la parte superior en forma de una cresta.

—¡Mayor Villafana. Lo llamo por el caso de María Zeneli! ¡Encontré la imagen del pájaro en sus dibujos marcada en el ascensor!Estoy casi seguro de que la persistencia de estas aves en la mente de la mujer tiene que ver con su muerte.

—Jiménez, ¿por qué te complicas la vida? Fiscalía ha cerrado el caso, asumiendo que la vieja se resbaló o¡yo qué sé! , porque fue víctima de algún experimento extraterrestre, seguro. ¿Acaso me has traído el pájaro exótico para mostrárselo al fiscal?

—No es eso, Mayor…

—Entonces deja esas tonterías, que la institución no se dedica a cazar fantasmas. ¿Me entiendes!

Las órdenes de Villafana de que no se le dejara entrar en el edificio fueron terminantes. En cierto modo, el Mayor sospechaba que la vida de su subalterno corría peligro y que el desinterés por la muerte de Zeneli era claro de parte de los órganos de justicia. Intentó delegarle casos inquietantes, con el fin de que dejara este. No obstante, las puerta del Monet se le abriríanal suboficial por las entusiastas gestiones de la joven gerente de seguridad que acababa de conocer en el ascensor.

—De nuevo lo tenemos aquí, suboficial Jiménez. ¿Ya ve cómo estimo su trabajo? –dijo la gerente Altamirano—. No hay que dejar así por así un caso abandonado.

—Solo deseo saber la razón de la muerte de la mujer de la silla de ruedas, la relación con los dibujos.

—¿Cuáles dibujos? ¿Es que estamos hablando de una artista?

—No. Por un extraño motivo, la mujer muerta tenía una fijación con unos pájaros exóticos llamados abubillas.

—¿Las abubillas? Las conozco. Mi madre me contaba muchas leyendas de abubillas, como una que… ¡Olvídelo!

—¡Una que…!

—Que son muy sucias y traen mala salud, si ve una cerca, debe alejarse de ella.

—Muchos pájaros son sucios, manipularlos sin tener cuidado puede traer enfermedades.

—¡Este es diferente! –endureció Leonor la voz—, cuentan que un hombre envenenó a su hermano con las heces que había en el plumaje de una abubilla hechas polvo en la correspondencia.

—Por lo que veo, usted podría resolver esto antes que yo –sostuvo socarronamente el suboficial.

—Me temo que no. De hecho, esta es la última vez que nos vemos, y estoy segura de que resolverá el misterio más temprano de lo que se lo ha propuesto.

—¿Y por qué se marcha? ¿Algún contratiempo?

—Negocios mejores. A veces nuestras ambiciones son tan volátiles como las abubillas –dijo ella mirando todo el hall de una sola vez—…. Por cierto, la difunta de la silla, ¿cómo se llamaba…?

—María Zeneli. ¿Pero todavía cree usted que esa pobre mujer pudo haber sido envenenada?

—¿Ha recibido correspondencia? ¡Eso es importante saberlo!

—¿Y eso explicaría su muerte?

—Lo de los hermanos es solo una leyenda, suboficial Jiménez. Después de todo, esas aves frágiles se enferman de viejas, pierden su belleza hasta hacerse más grotescas a la vista y morir.

—¿Cómo ella llegó a este edificio? Tal vez usted sepa…

—Creo que ahora es mejor dejarlo solo. He renunciado y no lo interrumpiré más… No se olvide de revisar las correspondencias envenenadas… Una broma antes de la despedida. ¡Cuídese mucho!

No le prestó mucha importancia al chascarrillo de Leonor sobre el veneno en las cartas, pero cuando extrajo de su bolsillo la bolsa con las pertenencias que había encontrado en el bolso de Zeneli, en lo primero que se detuvo fue en el abridor de cartas.No había sentido en que lo conservase consigo si a ella no le fuera de utilidad permanente.

«¡Mierda, al lado del basurero!» , se convenció. Llevaba tanta prisa que desistió del ascensor. Sabía que, a partir de ese momento, cualquier intrusión en el departamento ponía en juego su carrera. Le pareció sentir los pasos de los mismos agentes de seguridad que hasta hacía minutos lo habían dejado entrar amablemente.

En la basura halló las mismas cosas que en la anterior vez, pero ahora le encontraba sentido a la secuencia de los dibujos, eran cada vez más torpes, pues la mujer debió de estar cada vez más perturbada. De cualquier manera, no había una conexión entre aquello y el abridor de cartas. Entonces notó que un papel sobresalía dentro de una lámpara de noche apagada. Lo jaló y, junto a este, cayeron otros tres sobres; estos tenían como origen el distrito serbio de Nisava; mientras que el primeronunca estuvo realmente cerrado y, al parecer, explicaba lo dicho en los demás:

«No sé cuándo llegaron aquí. Esta cárcel me mata, si antes no lo hago yo misma. Camareras, botones, vigilantes, todos, me recuerdan la fraternidad y ese maldito pájaro, nuestro maldito emblema. Día y noche debo dibujar y entregarles su imagen, según ellos, para no olvidarlo, hasta saturarme de su recuerdo y reventar; como reventaban de gloria, en otro tiempo, nuestros cargamentos de heroína hacia Madrid, Milán, a todo el Mediterráneo; tiempos en los que nuestra inventiva nos llevó a embutir el delicioso veneno en pájaros disecados y fundar una de las industrias más exitosas de drogas psicoactivas en los noventa. ¡Qué bellos y putos años! Pero dibujar esos pájaros ahora me está matando, como si ellos bebieran un poco de mi aliento en cada trazo. No importa hasta dónde vaya, ni en qué me transforme, ni dónde me encierre; el vuelo acabará tarde o temprano».

Era lo que estaba buscando. No había tiempo que perder para Jiménez ahora que había llegado al fin. Había que correr, antes de que la torre Monet entera caiga sobre sus huesos.

Cargado de nuevas, pulsó el botón del ascensor rumbo a la salida, a cualquier salida. Se abrió este, esta vez no hubo empellones. Sus pasos y sus ojos con las cuencas desbordadas no encontraron en el ascensor más que el vertiginoso vacío de la emboscada de la abubilla.
 

La ortografía y, en general, la forma están correctas. Sólo noto que varias veces hay palabras que están pegadas, si bien igual se entiende. No sé si por descuido del autor/a o porque a la hora de pegar el cuento en el foro hubieron problemas.

Lo que sí es un problema formal es que el cuento tiene 2359 palabras, o sea, bastante más del límite final del permitido (1500). Si bien es cierto que lo bueno del cuento puede suplir esta excepción a las reglas, el/la autor/a pudo hacer un esfuerzo en resumir algunas partes sin que el cuento pierda sentido. Por ejemplo, la escena del Ascensor se pudo acortar y las dos veces en que Jiménez habla con Altamirano se pudieron volver una. Así como acortar los diálogos y la descripción del pájaro, que no contribuye al cuento. Es difícil, mas no imposible.

En cuanto a la historia en sí, es interesante esa dialéctica entre el detective apasionado que busca la verdad pese a todo y el negligente que, es su jefe. Si bien este último sospecha de que el primero corre peligro y trata de alejarlo del caso, hubiese sido más emocionante que, al final, él hubiese estado involucrado o comprado por la mafia.

La tortura psicológica a la anciana que consistía en dibujar una y otra vez al pájaro es simplemente cautivador, es lo mejor del cuento. Lo que no se entiende bien es que, sí querían deshacerse de ella, en vez de matarla de a pocos, pudieron fingir un accidente, entre todos los guardias y su jefa Altamirano.

Otra posibilidad es que la anciana belga estuviese enferma de la mente y paranoica, por lo que se imaginase perseguida. Lo único que acaba con esa posibilidad es el dibujo trazado en el ascensor.

En cuanto a Altamirano y su manera de apoyar a Jiménez no es tan verosímil. ¿Para qué le daba pistas y le permitía el acceso al edificio, habiéndosele prohibido al policía? ¿Qué ganaba asesinándolo, si con eso atraería más a la policía que, por negligente o cómplice, buscaba archivar el caso? El personaje de Altamirano es muy sugestivo, pero creo que le quita puntos al cuento por lo que acabo de señalar.

En una primera lectura pensé que habían drogado a Jiménez con las heces de la abulilla (las heces en las plumas no se entiende bien, ¿son heces de otros animales impregnadas en la plumas del ave o sus heces mismas?), pero en una segunda lectura entendí que el policía cayó al vacío al querer ingresar al ascensor.

Creo que, habiendo descubierto el policía que estaba encerrado en la guarida de una mafia, más que tratar de huir, pues era obvio que no lo iban a dejar salir vivo, debió pedir refuerzos, pese a que estaba en falta, pues el descubrimiento de la razón del crimen lo expiaba. Ahí, de no recibir los esfuerzos que esperaba, por complicidad de su jefe, y tras intentar escapar desesperadamente, fuese asesinado, hubiese sido un final más redondo y creíble.

Pese a todo, es una excelente historia, pero tiene cosas por afinar, por ello, además de excederse en demasía en el número de palabras, mi puntaje es 5.
 
Maravilloso, el agente sabía leer francés. :gigggle:

Ya en serio, bien escrito y muy bien llevada la tensión en todo el relato....aunque se sintió a guionazo lo de las cartitas escondidas.

Lo ambiguo del desenlace no me quedó claro. ¿El tipo se cayó por el hueco del ascensor? Tragi-cómico....no sé si esa era la intención.

Puntaje 6
 
Lo que más me gustó fue la nota hallada debajo de la lámpara, muy linda.

Signos mal colocados, espacios innecesarios, palabras pegadas, muchísimos pero muchííísimos detalles... Habría que ir pensando en hacer una competencia de novelas.

Lamentablemente sobrepasa por mucho la cantidad de palabras indicada en las Bases del concurso. Estaba en 1300 y se extendió a 1500. ¡De 1500 a más de 2300! Le recomendaría a la ornitóloga postular su cuento a nivel distrital o de Lima Metropolitana, seguro que allí se aceptan textos de estas dimensiones.

Yo ni lo hubiera publicado porque no cumple con las bases, pero ya conocemos al organizador jaja. :biggrin:

Puntaje: 1
 
Me encantan estas historias donde hay mucho suspenso :meow_attention:, el escritor o la escritora puso un caso a lo Sherlock Holmes . No me imaginaba el final de la muerte del investigador en el ascensor y quedan algunos cabos sueltos. Me gusto mucho la parte en que los dibujos lo relaciona con algo que atormenta a la mujer, en si... eso hacen algunos delincuentes para enviar mensajes ya sea después de su muerte o a sus complices.

Le pongo un 9.6 :fast_meow_party:
 
Última edición:
El policía más tonto, como se va a pasar 5 días buscando en google el nombre del pájaro, cuando podía ir a una universidad, buscar la facultad de biología y pedirle a un especialista que colabore en la investigación identificando al ave del dibujo, no le hubiera tomado más de dos horas :plop::plop::plop::plop::plop::plop::plop:

Se me cayó la historia desde ahí, además que parece raro que los forenses no descubran nada de la muerte, si murió envenenada era fácil saberlo. Muchos errores de investigación. Lo rescatable fue la obsesión de la víctima con los dibujos de esa ave y el final que me hubiera parecido genial si los errores no se hubieran notado tanto.

Puntaje: 4
 
Adicionar que acabo de poner en google "ave de penacho alto" y la primera foto que sale es la del mencionado pájaro. Supondré que es un policía viejo que no sabe hacer bien las búsquedas y es muy orgulloso como para pedir ayuda.
 
El policía más tonto, como se va a pasar 5 días buscando en google el nombre del pájaro, cuando podía ir a una universidad, buscar la facultad de biología y pedirle a un especialista que colabore en la investigación identificando al ave del dibujo, no le hubiera tomado más de dos horas :plop::plop::plop::plop::plop::plop::plop:

Se me cayó la historia desde ahí, además que parece raro que los forenses no descubran nada de la muerte, si murió envenenada era fácil saberlo. Muchos errores de investigación. Lo rescatable fue la obsesión de la víctima con los dibujos de esa ave y el final que me hubiera parecido genial si los errores no se hubieran notado tanto.

Puntaje: 4
Más fácil todavía, se creaba su cuenta en el Foro y preguntaba Un sabelotodo le respondia y listo...

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Siempre son bienvenidos los relatos que contribuyen con la cultura del lector. En este caso un poco de ornitología no cae mal.

Lo que sí puede caer mal es el amaneramiento y la extravagancia en los hechos: que a pesar de la destreza del autor (como ocurre aquí) llegan a recordar, lamentablemente, a escritores como Cortázar: que escriben mal estando convencidos de no hacerlo. Eso ocurre especialmente en el final, que es odioso por ser deliberadamente confuso.

Existe talento, como en Cortázar, pero también una concepción errada de lo que puede ser una buena historia.


Puntaje: 3,3.
 

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