Braun
Miembro de plata
I
Eran las tres de la tarde cuando Tomás despertó en medio del llanto de la sirena de bomberos. Vio a la distancia el humo del enorme incendio que seguro tardarían horas en controlar; humo que parecía ingresar en él por sus fosas nasales, por su boca, para alimentar el malestar crónico que oprimía su pecho, su garganta. Pero al echar mano de su botella y descubrir que aún no había consumido la mitad encontró la razón para olvidarse una vez más de su congoja, y de las desgracias del mundo. Saber que pronto respiraría la desagradable esencia de lo que ardía a unas cuadras no eliminaba el sentimiento de inmunidad que experimentaba. Se propuso entonces volver a repasar lo que había hecho para escapar de la muerte tiempo atrás. El miedo, la angustia, la desesperación no anularon su temple ni su ingenio para eludir a un energúmeno que iba armado y dispuesto a plomearle la cabeza. «A pesar de todo fue una hazaña; otro no habría podido huir», pensaba a la vez que destapaba la botella y sorbía el repugnante licor que provocaría el incendio interior, ese que lo convertía brevemente en una divinidad terrenal, inalcanzable para la tristeza del abandono y de la incertidumbre. Mas la súbita e inesperada ruptura de su consciencia lo devolvió a la realidad cuando ya amanecía. La botella ahora estaba vacía.
II
Isabel se había casado muy joven con un policía algo mayor que ella que no tardó en mostrar un comportamiento violento. Sin embargo no podía vivir sin él. Era en su vida una fuerza invencible, avasalladora. Desde un comienzo sus amigas estuvieron en lo cierto respecto a él. Aun así el hecho de pasar poco tiempo con él parecía darle un respiro. El policía casi siempre estaba fuera de la capital debido a su trabajo. Pensar en la ruptura, a pesar de del maltrato, le provocaba a Isabel un dolor que no estaba dispuesta a soportar. «Sé que no me moriré si se acaba este amor. Sé que a pesar de todo podré seguir con mi vida. ¿Pero acaso es tan malo todo esto? Yo creo que no.»
Cuando sus amigas le decían: «tú te mereces algo mejor que ese patán», Isabel sonreía con ironía, incluso sintiéndose superior a todas ellas. «Será un patán, pero es mejor, más hombre que cualquiera de los blandengues con los que ustedes están», pensaba.
La primera vez que Isabel le descubrió una infidelidad a su marido quiso morirse. La cólera que se encendió para reclamarle se apagó pronto ante el pavor que le causaba su ceño siempre fruncido, sus inmensos antebrazos. Entonces decidió dejarlo pasar. A fin de cuentas seguían estando casados. Procuró olvidar, engañarse. «La otra solo es una ramera».
Después descubrió que también la engañaba con una mujer a quien consideraba su enemiga, porque durante una época esta se había dedicado a esparcir rumores que a Isabel la dejaban como a una adúltera, una quitamaridos. Todo por causa del exesposo de esta mujer, que no dejaba de aprovechar las ausencias del policía para asediar a Isabel.
Ahora, al enterarse de semejante traición, un estado de dolor y desamparo se infiltraron en su corazón, ya bastante golpeado.
III
A Tomás siempre le había gustado Isabel en el colegio. Sin embargo nunca se atrevió a involucrarse con ella. Al verla con su primer enamorado se resignó y dirigió su atención a otros asuntos. Luego se acabó la secundaria y no volvieron a verse. Prácticamente se olvidó de ella.
Durante los casi cinco años que no supieron del otro, Tomás conoció otras chicas, se enamoró, experimentó el placer de la carne. Adquirió incluso la fama de mujeriego entre algunas de sus amigas. También se preocupó por su físico y adquirió confianza en sí mismo. Es por ese entonces que aseguraba ser incapaz de enamorarse. Pero un día, en el supermercado, volvió a ver a Isabel. Ahí comenzó el cataclismo.
IV
A Isabel nunca le faltaron pretendientes. Aun casada seguía siendo requerida por hombres de diverso tipo, habida cuenta de las prolongadas ausencias de su esposo. Pero ninguno le interesaba en absoluto. Solo después de la humillación de verse engañada la idea de refugiarse en la atención de otros hombres dejó de desagradarle. No obstante, a pesar de odiar a su marido lo sentía más que nunca inseparable de su destino. Estaba para ella presente en todo momento.
Su reencuentro con Tomás, sin embargo, le hizo cambiar de parecer... por un tiempo.
En la época del colegio ella también sintió agrado por Tomás. Pero era distante y no tardó en confundirse con los demás muchachos que también le parecían agradables. Este nuevo Tomás en cambio se convirtió de pronto en el despertar de la interminable pesadilla en la que estaba, o en el sueño del cual no quería despertar. Durante casi dos meses su idilio se intensificó de tal modo que no podía entreverse un punto culminante. Entonces el policía reapareció.
Como en un desgarramiento Isabel sintió arrebatado el cielo que tan poco había disfrutado. El marido aun sin saber del asunto era para Isabel como una herida viva que anulaba toda posible tranquilidad. Y ello, lógicamente, también se volcaba implacablemente sobre Tomás, a pesar de no saber nada.
Para Isabel el contraste entre ambos le demostraba que su idilio solo era un juego de niños. Al lado de su marido Tomás era prácticamente un infante. Ni en cien años sería capaz de plantarle cara al policía. Mucho menos salvarla de él.
Cuando le avisaron que su marido se acababa de enterar del asunto solo atinó a decirle a Tomás que no la buscara más y cortó todo contacto con él. Pero no se imaginó que el policía lo buscaría para matarlo (aunque sin éxito).
No se supo de las represalias que sufrió Isabel. Desapareció un tiempo y solo se la volvió a ver cuando con su marido dejaron la capital (aparentemente para no regresar). Hasta la fecha Tomás no ha sabido de ella.
