Bruno Molina
Miembro de oro
Cuento 1, del Concurso de cuentos navideños.
Música recomendada para su lectura, a continuación:
En diciembre los comerciales de televisión daban una buena cantidad de espacio a los nuevos circuitos y modelos de autos Hot Wheels, y a las nuevas presentaciones de la muñeca Barbie, entre otras muchas opciones de regalos navideños.
Gabriel tomaba el lonche cada quincena en casa de unos tíos suyos que llegaban de viaje unos días. Entonces veían la televisión. Otras veces él se encaramaba a alguna ventana de sus vecinos desde donde podía verla brevemente, mientras no lo descubrieran.
Una señora viuda, cuyos hijos habían dejado la casa tiempo ha, comenzó un día a dejarlo entrar a ver la televisión. Así Gabriel se mantenía al tanto de muchas cosas. Los asesinatos, los conflictos políticos, las intrigas amorosas ficticias, la nueva marca de detergente... todo ello lo retenía en la memoria con facilidad (aunque sin entenderlo en su mayor parte). Con frecuencia recitaba para distraerse lo que había memorizado horas antes, mientras esperaba quedarse dormido. Después lo despertaba su progenitor al llegar. Este encendía su equipo de sonido... ponía la música de siempre con el volumen alto... y se echaba en el sofá para ponerse a roncar al cabo de un rato. Hasta la madrugada nadie apagaba la música. Al día siguiente Gabriel comía lo que el adulto, a quien raras veces veía, le dejaba en la mesa. Luego venía una mujer de movimientos enérgicos y de rostro severo, pero aparentemente muda, y lo llevaba a su escuela. Luego del mediodía la mujer, en una puntualidad de reloj, lo regresaba a su casa sin demora.
La tía con la que tomaba el lonche cada quincena le hablaba siempre de su mamá. También escribía lo que Gabriel le dictaba como mensaje para ella. «Le haré llegar esta carta a tu mamá apenas nos reunamos». Después le leía las respuestas a sus cartas.
En diciembre la carta de Gabriel incluyó una lista de juguetes que deseaba tener. No esperaba que le compraran todos. Ni siquiera esperaba uno solo. Pero quería que su mamá conociera su deseo. La respuesta fue: «Sí. Te traeré todos los juguetes».
El día veinticuatro llegó finalmente. Fue un día como cualquiera. El progenitor llegó a eso de las nueve de la noche. Puso su música y se durmió. Pero Gabriel, quien a pesar del ruido acababa durmiéndose también, ahora no tenía ninguna intención de hacerlo. En las demás casas había bastante ánimo y luces, así como parientes llegando de otras localidades.
Las horas pasaban. Los parientes llegaban en menos número ya. Gabriel sabía de antemano que su mamá no vendría. Pero en los últimos días se obsesionó con la idea de su madre llegando con los regalos, esos que vio aparecer con insistencia en el televisor de la señora viuda. Su fantasía de tenerlos se haría realidad. El camión verde, cuya pintura era como un espejo por lo impecable, estaría pronto en sus manos, y recorrería las carreteras del patio trasero de la casa. También sería de verdad el robot de combate que pondría a pelear contra los dinosaurios.
Y llegó la Noche Buena con sus pirotécnicos y con los vecinos abrazándose y brindando. El progenitor seguía roncando a pesar de toda la bulla. Entonces Gabriel, ante un estallido de cohete particularmente estruendoso, se sacudió de su ansiedad, de su desesperación, de su pena. Su alivio fue grande. De pronto su mente se hallaba limpia. Se echó a dormir al poco tiempo. No soñó nada.
Se recomienda a los lectores, participantes o no participantes, a votar incluyendo estos criterios:
a) CONTENIDO
b) FORMA
c) OPINIÓN PERSONAL
Gracias.
Música recomendada para su lectura, a continuación:
Y LLEGÓ LA NOCHEBUENA
En diciembre los comerciales de televisión daban una buena cantidad de espacio a los nuevos circuitos y modelos de autos Hot Wheels, y a las nuevas presentaciones de la muñeca Barbie, entre otras muchas opciones de regalos navideños.
Gabriel tomaba el lonche cada quincena en casa de unos tíos suyos que llegaban de viaje unos días. Entonces veían la televisión. Otras veces él se encaramaba a alguna ventana de sus vecinos desde donde podía verla brevemente, mientras no lo descubrieran.
Una señora viuda, cuyos hijos habían dejado la casa tiempo ha, comenzó un día a dejarlo entrar a ver la televisión. Así Gabriel se mantenía al tanto de muchas cosas. Los asesinatos, los conflictos políticos, las intrigas amorosas ficticias, la nueva marca de detergente... todo ello lo retenía en la memoria con facilidad (aunque sin entenderlo en su mayor parte). Con frecuencia recitaba para distraerse lo que había memorizado horas antes, mientras esperaba quedarse dormido. Después lo despertaba su progenitor al llegar. Este encendía su equipo de sonido... ponía la música de siempre con el volumen alto... y se echaba en el sofá para ponerse a roncar al cabo de un rato. Hasta la madrugada nadie apagaba la música. Al día siguiente Gabriel comía lo que el adulto, a quien raras veces veía, le dejaba en la mesa. Luego venía una mujer de movimientos enérgicos y de rostro severo, pero aparentemente muda, y lo llevaba a su escuela. Luego del mediodía la mujer, en una puntualidad de reloj, lo regresaba a su casa sin demora.
La tía con la que tomaba el lonche cada quincena le hablaba siempre de su mamá. También escribía lo que Gabriel le dictaba como mensaje para ella. «Le haré llegar esta carta a tu mamá apenas nos reunamos». Después le leía las respuestas a sus cartas.
En diciembre la carta de Gabriel incluyó una lista de juguetes que deseaba tener. No esperaba que le compraran todos. Ni siquiera esperaba uno solo. Pero quería que su mamá conociera su deseo. La respuesta fue: «Sí. Te traeré todos los juguetes».
El día veinticuatro llegó finalmente. Fue un día como cualquiera. El progenitor llegó a eso de las nueve de la noche. Puso su música y se durmió. Pero Gabriel, quien a pesar del ruido acababa durmiéndose también, ahora no tenía ninguna intención de hacerlo. En las demás casas había bastante ánimo y luces, así como parientes llegando de otras localidades.
Las horas pasaban. Los parientes llegaban en menos número ya. Gabriel sabía de antemano que su mamá no vendría. Pero en los últimos días se obsesionó con la idea de su madre llegando con los regalos, esos que vio aparecer con insistencia en el televisor de la señora viuda. Su fantasía de tenerlos se haría realidad. El camión verde, cuya pintura era como un espejo por lo impecable, estaría pronto en sus manos, y recorrería las carreteras del patio trasero de la casa. También sería de verdad el robot de combate que pondría a pelear contra los dinosaurios.
Y llegó la Noche Buena con sus pirotécnicos y con los vecinos abrazándose y brindando. El progenitor seguía roncando a pesar de toda la bulla. Entonces Gabriel, ante un estallido de cohete particularmente estruendoso, se sacudió de su ansiedad, de su desesperación, de su pena. Su alivio fue grande. De pronto su mente se hallaba limpia. Se echó a dormir al poco tiempo. No soñó nada.
Se recomienda a los lectores, participantes o no participantes, a votar incluyendo estos criterios:
a) CONTENIDO
b) FORMA
c) OPINIÓN PERSONAL
Gracias.
Última edición:
. Buen relato de todas maneras.