Una vez en la chamba yo ordené una máquina nueva que nadie había utilizado allí. LLega la doña de hierro, la calibro y la prendo y la pongo en uso para que los demás aprendan y la usen, si pueden.
Uno que era supervisor me tenía ojeriza, ya que desde que llegué a esa compañia yo campeonaba pues, yo mismo era.
Y allí estaba yo en plena demostración cuando una parte de la máquina se soltó y se destrabó todo. Junto conmigo el resto también se quedó todo atónito, era como si algo la hubiera manipulado para que se desconponga.
Yo miré a un lado y el resto hizo lo mismo, y allí estaba ese desgraciado con ojos asesinos, concentrado y mirando con odio a la máquina, a tal punto que ni cuenta se dio que todos lo estábamos observando.
Allí por fín creí de corazón que eso de mal de ojo es cierto.