Bruno Molina
Miembro de oro
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CONTENIDO: 1 a 5 puntos. (Si lo que se cuenta es bueno, independiente de si es lo que te gusta leer)
FORMA: 1 a 3 ( Si está escrito usando buena ortografía y técnica narrativa)
OPINIÓN PERSONAL: 1 a 2. (Si te gusta o no, basándote en tus propios criterios)

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Yo maté a Sandra Ipanaqué, y no me movió la ira, ni ninguna emoción primitiva a
hacerlo sino la propia conmiseración. Su estado de salud era lamentable y no merecía
un día más en este mundo, de modo que tomé la Glock que luego encontraron en el
suelo de la casa de Pueblo Libre y estrellé mi compasión contra su cráneo. No era más
que una indigente en ese momento, dependiente de la heroína y con un cuadro de
cirrosis en estado terminal. Se había quejado de su lamentable estado en nuestro
último viaje a Churín, que fue donde ella supo que le quedaban pocos días. Está ahora
con todas las divinidades del universo y con esa parafernalia metafísica que creamos
para no hacer de nuestro viaje algo miserable. Ahora mismo puedo verla, cruzando el
Tambopata y embarcada por algún chamán similar al Maestro Shimaku. Los orificios
del cráneo no son ahora más que dos depresiones que han liberado aquel dolor de
cinco años, ella es libre, lo es más que yo.
Nunca hubo funeral porque a ella no le gustaban esas cursilerías, en vida y como
hermano suyo que era, me lo confesó. «No, Rafael». De manera que después de que
su cuerpo no vibró más, me persigné y tomé la sierra circular: comencé por su cuello,
tierno como un almohadón de plumas. No sabía que esa labor no debía realizarse sin la
protección del caso si uno no desea acabar embarrado de sangre. Sin embargo, fue a la
vez más sencillo que trozar un cerdo de leche, los huesos humanos no son tan densos
como el de otros animales de su mismo tamaño. Vacié las vísceras en bolsas
herméticas y las embalé tan bien como me fue posible. Había querido conservar su
cuerpo vaciado y entero para traerlo hasta aquí, pero caí en la impericia de trozar en
lugar de eviscerarla. Traté, en lo sucesivo de dañar cuanto menos sus huesos, de
manera que ya fuera de cualquier seguimiento policial, pueda armar nuevamente el
puzle de su cuerpo y contemplarla sin dolencias, sin lamentos por su existencia.
Sandra ya no sufre de hambre ni sed, como reza en el Apocalipsis, aquel demonio que
la había acometido por dos años la había dejado en paz espantado por las balas. Se
acabaron las estafas del doctor Miró y los sermones cándidos de su marido, que me lo
ha agradecido en el fondo, que dejó ver en su rostro equino la complicidad en que la
muerte debía llegar urgente para esa infeliz. Pero fui yo quien se ensució las manos
mientras ahora otros disfrutan las consecuencias.
Experimento ahora ese poder de los dioses del mundo de arrogarse el monopolio de
extinguir la vida por nuestro bien, me hago uno con ellos, soy parte de ese panteón
exclusivo de budas, brahmas, jesucristos, serpientes emplumadas y divinidades
mediterráneas. Siento su inimputabilidad y aquello es una buena señal. Pareciera que
todos lo saben y por eso me fue tan fácil llegar hasta aquí. Cupo toda en una sola
maleta, sin dividir más de lo que era imprescindible. Mi equipaje se perdió entre las
hediondas pieles de carnero y los costales de espárragos de la bodega, aunque en el
fondo lamente haber pagado tan poco por ella. A decir verdad, todavía la culpa y el
temor de haberme equivocado me perseguían y por eso la precariedad de ese viaje.
Hicimos la ruta hasta Chiclayo en 15 horas redondas y tomé el transbordo hasta
Chachapoyas, donde no hay más forma de avanzar hasta aquí que la acuática. Algún
Caronte me dio esa paz que no había encontrado en los buses y las aguas del Marañón
le dieron a nuestro viaje ese talante trascendental.
La Amazonía nos empequeñece y sacude la vanidad que llevamos a cuestas, aquí soy
uno más en el reino de la lupuna y las inmensas masas de agua que amplifican la luz
del firmamento, si bien puedo también atribuirme mejores cualidades ahora que he
calmado el martirio.
El maestro Shimaku me recibió en un estado lamentable, me preguntó sobre el origen
de mi aflicción y le confesé lo sucedido. Él mismo había conocido a Sandra en Tingo
María y lamentó el desenlace de su vida disipada. Me recostó en sus cómodos sillones
de mimbre y me ofreció unas cómodas sandalias. Sobre el piso había una meseta que
le daba una forma de altar, una fina y rústica capa de cemento lo recubría, y encima de
este, reposaba una especie de alfombra gruesa sobre la que me invitó a sentarme.
El maestro me presentó a sus «compañeros», como los llamaba él . Nos sentamos y
bebimos todos de la soga. Cantamos un responso en su lengua, lo repetimos y a cada
momento el canto era más dulce y cálido, hasta que entré en el portal de la verdad, de
la no culpa. Muy pronto Sandra se unió a nuestro canto y ya no se tomaba el vientre
como lo hacía hasta hace dos semanas, ni me mandaba a la mierda cuando arrojaba al
wáter las cocacolas con ron barato que guardaba debajo de la cama. Era la mujer feliz
con la que jugaba fulbito a los siete años y nos fugábamos a Huánuco en el primer
camión que encontráramos. Me agradecía su muerte y aunque yo me ruborizaba,
atajaba toda vergüenza con un abrazo emotivo. Su marido se había apoderado de la
casa y traído a su amante, pero a ella le importaba un pepino. «Es la paz lo que
realmente importa, hermano» y, escuchándola, se me humedecían los ojos.
Cuando desperté, tres policías me habían enmarrocado mientras el maestro Shimaku
confirmaba la confesión de mi delito.
Y si bien al espíritu distraído puede parecerle sórdido, no fue la muerte sino la
liberación de aquella prisión miserable y enferma. Yo maté a Sandra, si eso es lo único
que se desea oír.
CONTENIDO: 1 a 5 puntos. (Si lo que se cuenta es bueno, independiente de si es lo que te gusta leer)
FORMA: 1 a 3 ( Si está escrito usando buena ortografía y técnica narrativa)
OPINIÓN PERSONAL: 1 a 2. (Si te gusta o no, basándote en tus propios criterios)

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Yo maté a Sandra Ipanaqué, y no me movió la ira, ni ninguna emoción primitiva a
hacerlo sino la propia conmiseración. Su estado de salud era lamentable y no merecía
un día más en este mundo, de modo que tomé la Glock que luego encontraron en el
suelo de la casa de Pueblo Libre y estrellé mi compasión contra su cráneo. No era más
que una indigente en ese momento, dependiente de la heroína y con un cuadro de
cirrosis en estado terminal. Se había quejado de su lamentable estado en nuestro
último viaje a Churín, que fue donde ella supo que le quedaban pocos días. Está ahora
con todas las divinidades del universo y con esa parafernalia metafísica que creamos
para no hacer de nuestro viaje algo miserable. Ahora mismo puedo verla, cruzando el
Tambopata y embarcada por algún chamán similar al Maestro Shimaku. Los orificios
del cráneo no son ahora más que dos depresiones que han liberado aquel dolor de
cinco años, ella es libre, lo es más que yo.
Nunca hubo funeral porque a ella no le gustaban esas cursilerías, en vida y como
hermano suyo que era, me lo confesó. «No, Rafael». De manera que después de que
su cuerpo no vibró más, me persigné y tomé la sierra circular: comencé por su cuello,
tierno como un almohadón de plumas. No sabía que esa labor no debía realizarse sin la
protección del caso si uno no desea acabar embarrado de sangre. Sin embargo, fue a la
vez más sencillo que trozar un cerdo de leche, los huesos humanos no son tan densos
como el de otros animales de su mismo tamaño. Vacié las vísceras en bolsas
herméticas y las embalé tan bien como me fue posible. Había querido conservar su
cuerpo vaciado y entero para traerlo hasta aquí, pero caí en la impericia de trozar en
lugar de eviscerarla. Traté, en lo sucesivo de dañar cuanto menos sus huesos, de
manera que ya fuera de cualquier seguimiento policial, pueda armar nuevamente el
puzle de su cuerpo y contemplarla sin dolencias, sin lamentos por su existencia.
Sandra ya no sufre de hambre ni sed, como reza en el Apocalipsis, aquel demonio que
la había acometido por dos años la había dejado en paz espantado por las balas. Se
acabaron las estafas del doctor Miró y los sermones cándidos de su marido, que me lo
ha agradecido en el fondo, que dejó ver en su rostro equino la complicidad en que la
muerte debía llegar urgente para esa infeliz. Pero fui yo quien se ensució las manos
mientras ahora otros disfrutan las consecuencias.
Experimento ahora ese poder de los dioses del mundo de arrogarse el monopolio de
extinguir la vida por nuestro bien, me hago uno con ellos, soy parte de ese panteón
exclusivo de budas, brahmas, jesucristos, serpientes emplumadas y divinidades
mediterráneas. Siento su inimputabilidad y aquello es una buena señal. Pareciera que
todos lo saben y por eso me fue tan fácil llegar hasta aquí. Cupo toda en una sola
maleta, sin dividir más de lo que era imprescindible. Mi equipaje se perdió entre las
hediondas pieles de carnero y los costales de espárragos de la bodega, aunque en el
fondo lamente haber pagado tan poco por ella. A decir verdad, todavía la culpa y el
temor de haberme equivocado me perseguían y por eso la precariedad de ese viaje.
Hicimos la ruta hasta Chiclayo en 15 horas redondas y tomé el transbordo hasta
Chachapoyas, donde no hay más forma de avanzar hasta aquí que la acuática. Algún
Caronte me dio esa paz que no había encontrado en los buses y las aguas del Marañón
le dieron a nuestro viaje ese talante trascendental.
La Amazonía nos empequeñece y sacude la vanidad que llevamos a cuestas, aquí soy
uno más en el reino de la lupuna y las inmensas masas de agua que amplifican la luz
del firmamento, si bien puedo también atribuirme mejores cualidades ahora que he
calmado el martirio.
El maestro Shimaku me recibió en un estado lamentable, me preguntó sobre el origen
de mi aflicción y le confesé lo sucedido. Él mismo había conocido a Sandra en Tingo
María y lamentó el desenlace de su vida disipada. Me recostó en sus cómodos sillones
de mimbre y me ofreció unas cómodas sandalias. Sobre el piso había una meseta que
le daba una forma de altar, una fina y rústica capa de cemento lo recubría, y encima de
este, reposaba una especie de alfombra gruesa sobre la que me invitó a sentarme.
El maestro me presentó a sus «compañeros», como los llamaba él . Nos sentamos y
bebimos todos de la soga. Cantamos un responso en su lengua, lo repetimos y a cada
momento el canto era más dulce y cálido, hasta que entré en el portal de la verdad, de
la no culpa. Muy pronto Sandra se unió a nuestro canto y ya no se tomaba el vientre
como lo hacía hasta hace dos semanas, ni me mandaba a la mierda cuando arrojaba al
wáter las cocacolas con ron barato que guardaba debajo de la cama. Era la mujer feliz
con la que jugaba fulbito a los siete años y nos fugábamos a Huánuco en el primer
camión que encontráramos. Me agradecía su muerte y aunque yo me ruborizaba,
atajaba toda vergüenza con un abrazo emotivo. Su marido se había apoderado de la
casa y traído a su amante, pero a ella le importaba un pepino. «Es la paz lo que
realmente importa, hermano» y, escuchándola, se me humedecían los ojos.
Cuando desperté, tres policías me habían enmarrocado mientras el maestro Shimaku
confirmaba la confesión de mi delito.
Y si bien al espíritu distraído puede parecerle sórdido, no fue la muerte sino la
liberación de aquella prisión miserable y enferma. Yo maté a Sandra, si eso es lo único
que se desea oír.
