La mejor Ruta de los vientos descubierta por Colon

rickycardo1

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Se uso 3 siglos y era tan buen marino que Colon la descubrio desde canarias en sotavento, ir a Europa si era mas complicado via Norte.Y UNA GRAN suerte ya que era epoca de huracanes de agosto a noviembre.

Si a cualquier meteorólogo medianamente experimentado se le propusiera hoy que estudiara el viaje de unos veleros que, zarpando de España, hubieran de arribar a las Bahamas tras de dos meses de travesía, es casi seguro que descartaría la fecha de los primeros días de agosto para la salida porque si bien en los meses de verano soplan con intensidad los vientos alisios, que aseguran una travesía rápida hasta las islas de Cabo Verde, y aún más al oeste lo que más preocuparía a la hora de planear el crucero sería la posibilidad de encontrarse con los huracanes tropicales. Hoy se sabe bastante acerca de ésas terribles perturbaciones que, juntamente con los tifones del Pacífico, constituyen las más violentas manifestaciones de la atmósfera.

En los países de las zonas templadas tenemos la fortuna de no conocer en nuestras tierras los ciclones, que con vientos de 200 a 300 kilómetros por hora, y aun a veces superiores, intensísimas lluvias y tormentas, y a veces con terribles mareas que siguen al huracán, arrasan todo cuanto encuentran a mano. Sabemos que cada año se producen en el Atlántico centro-occidental unos cuantos ciclones de intensidad variable. A veces no pasan de cuatro, pero hay años, en cambio, en que se llega a la docena. El primero de la temporada se presenta en junio o julio; no suele ser el peor. Los más violentos llegan a finales de agosto o en septiembre; también son temibles los de octubre.

Cuando el mar comienza a enfriarse, los ciclones ya no aparecen, ya esperar hasta el próximo año. En el último medio siglo, y sobre todo en los pasados veinte años, se han hecho esfuerzos enormes para poder predecir y aun combatir los huracanes tropicales. Generalmente aparecen en forma de tormentas en pleno Atlántico, en la corriente del este del este del anticiclón llamado de las Azores. En su marcha hacia el Caribe van ganando actividad, y cuando apuntan hacia las Antillas o costas de Centroamérica, pueden fácilmente tener un diámetro de más de cien millas y una larga cola de centenares de millas, festoneadas por impresionantes tormentas y formidable oleaje. Lo mejor que puede pasar con un ciclón es que antes de llegar a tierra se desvíe hacia el norte; al encontrarse sobre aguas frías pierde actividad y se vuelve hacia Europa, convertido en un tranquilo temporal, como uno más de los muchísimos que nos llegan del Atlántico. Si en vez de ello penetra en las islas del Caribe, en Florida o en cualquier otra parte del continente, va sembrando la destrucción a su paso, a la vez que pierde algo de actividad, que vuelve a ganarla tan pronto como toca mares calientes.
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Los ciclones se detectan con anticipación por medio de sensibles sismógrafos, por aviones de reconocimiento y, sobre todo, por los satélites meteorológicos; valiéndose de ordenadores se calcula su trayectoria, se pronostica su violencia y se alerta a todo el mundo. Los buques desvían su ruta o buscan refugio. Los aviones a veces hacen rodeos y siempre están pendientes de la pantalla de su radar a bordo: ¿Qué hubiera pasado si Colón, en su marcha hacia el Nuevo Mundo, se hubiera tropezado con un huracán tropical bien desarrollado? Nunca más se hubiera sabido de aquella expedición, financiada por nuestras arcas. Aquí la imaginación puede volar, haciendo cábalas de lo que hubiera pasado si un ciclón, un día de septiembre, se hubiera tragado a la "'Santa Maria", " la "Niña" y la "Pinta". Tal vez en dos generaciones no se hubiera repetido el intento, o acaso la colonización, en vez de partir del centro, se hubiera iniciado de norte a sur, con acento inglés o escandinavo. Lo que no cabe duda es que la historia pudo haber dado un giro insospechado si, como nos parece ahora muy probable, se hubiera encontrado Colón con uno de los huracanes que, precisamente por esas fechas y en su misma ruta, merodean todos los años. Porque, como es sabido, las naves salieron de Palos un 3 de agosto, para arribar a San Salvador el 12 de octubre. Fechas más peligrosas no pudieron elegirse para la travesía; más adecuadas fueron las del tercer y cuarto viajes.
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Descubrió también el anticiclón de las Azores​

El m é r i t o de Cristóbal Colon no fue sólo el encontrar el camino para ir a América; también lo tuvo el saber dar con un camino de regreso, al tratar de ir por latitudes más altas al volver a España, entre las trayectorias de ida y vuelta lo que hizo "fue poner de manifiesto la circulación del anticiclón de las Azores, sistema de al tas presiones, alargado y que cuando está en su lugar habitual, y bien desarrollado, se extiende desde nuestra Península hasta el Caribe. Pero Colón no se dio cuenta por entonces que descubría uno de los pilares de la meteorología, al probar la existencia de circulaciones cerradas en grandes masas de aire. El sino de Cristóbal era no saber toda la verdad de lo que intuía. En aquella centuria, paralelamente a las exploraciones geográficas, también se iban desvelando los misterios de la atmósfera, las corrientes de aire y, sobre todo, las circulaciones de los grandes sistemas atmosféricos. Casi tres siglos pasarían hasta que se estableciera la circulación general atmosférica. Pero Colón dio un paso gigantesco y dejó claro que la atmósfera se comportaba como un mecanismo hecho para una Tierra esférica.

Todos sabemos que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Pero esta máxima no siempre se cumple si hablamos de oceanografía y para sustentar esta idea voy a poner un par de ejemplos.


Cuando Cristóbal Colón realizó sus viajes de descubrimiento y exploración de lo que denominaron “el Nuevo Mundo” a finales del siglo XV y comienzos del XVI, no desplegó velas según zarpó de los puertos andaluces y puso rumbo fijo al oeste. En su lugar, bajó hasta las islas Canarias y, desde allí, trazó un pequeño arco hacia el suroeste que le llevó directamente a las islas del Mar Caribe. Pero esta singladura no fue casualidad. Colón era un experto marino y sabía que en esa zona soplaban vientos alisios del noreste casi de manera constante, que facilitaban la navegación de las carabelas hacia lo más inhóspito del océano Atlántico. Así que, simplemente, se dejó llevar por una corriente que bordeaba las islas Canarias, pero que por aquel entonces no entendían muy bien cómo funcionaba.


Para el segundo ejemplo debemos viajar hasta finales del siglo XVIII. En aquella época, los balleneros norteamericanos conocían la existencia de una corriente marina cálida que partía desde el Mar Caribe rumbo a Europa cuya influencia trataban de evitar los cetáceos a los que daban caza, que se concentraban preferentemente en sus bordes. Estos balleneros la denominaron Corriente del Golfo e informaron de su existencia y comportamiento a los capitanes de los navíos mercantes norteamericanos. Tras años de experiencia atravesando esta corriente, los capitanes norteamericanos descubrieron que podían acortar en una media de dos semanas la duración de sus viajes entre las costas norteamericanas y las británicas si navegaban dentro de la Corriente del Golfo, en comparación con la duración que exigía el viaje desde Gran Bretaña a Norteamérica. Los británicos, dudosos de este descubrimiento, solicitaron al mismísimo Benjamín Franklin, que en aquel entonces era el Responsable General de Correos de Nueva Inglaterra, una investigación más a fondo. Armado con un termómetro, Franklin cartografió al detalle la zona de influencia de la Corriente del Golfo, de aguas más cálidas que las circundantes, haciendo una recomendación a los británicos: si la navegación se realizaba hacia el este, el recorrido tenía una menor duración si se seguía la Corriente del Golfo; sin embargo, si el rumbo era oeste, había que evitar a toda costa su influencia, porque lo único que conseguirían los buques era ralentizar su marcha. Aunque al principio los británicos no le tomaron demasiado en serio, a la larga acabaron siguiendo sus consejos.
 
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