Por supuesto, por supuesto, Francisco Pizarro, “el mayor genocida de Sudamérica y violador”, según tu versión resumida de la Historia… Qué conveniente simplificación. Veamos las cosas con un poco más de perspectiva: se le quiera o no, Francisco Pizarro es, de manera incontestable, el padre del Perú, el punto de inflexión que da inicio a la Historia que conocemos hoy. Sí, con todo lo que eso implica: mestizaje, nuevas instituciones, cambios culturales y, claro, conflictos y abusos típicos de toda conquista.
Ahora, déjame señalar algo que parece escapar a tu narrativa de indignación: si Pizarro realmente hubiera cometido genocidio absoluto y violaciones universales en la medida que imaginas, bueno… tú, desnortado comentarista, no existirías para hacer este reclamo. Irónico, ¿verdad? La misma realidad que criticas es la que hace posible tu comentario. Así que, en cierto modo, tu queja misma es una especie de homenaje involuntario al hombre que criticas: sin él, nada de esto existiría.
Y, más importante aún, no es culpa de Francisco Pizarro ni de los españoles que llegaron que tú te sientas acomplejado y patológicamente resentido contra todo y todos. Es un sentimiento totalmente interno, casi personal, derivado de no encajar, de no poder reconciliar tu lugar en la consecuencia de esa nueva realidad histórica que él ayudó a moldear. Es decir, puedes gritar “genocida” desde tu teclado, puedes indignarte, puedes escribir comentarios épicos de condena moral, pero eso no cambia que el mundo, con todo su mestizaje y sus instituciones nacientes, siguió adelante… y que tú, desafortunadamente, eres parte de la consecuencia de esa historia que tanto te frustra.
En resumen, tu indignación dice mucho más de ti que de Pizarro. Te coloca frente al espejo de tus propias contradicciones: acusas, condenas y descalificas, pero al mismo tiempo dependes de la Historia que tanto te irrita para existir, leer esto y expresar tu resentimiento. Así que sí, puedes seguir tachando a Pizarro de monstruo absoluto… pero la Historia, irónicamente, ha demostrado ser mucho más compleja que tu indignación instantánea, y tú eres, sin saberlo, un producto vivo de esa complejidad.