Braun
Miembro de plata
Mi compañera ya descansa; mientras sus vecinos siguen cagando calzoncillos del miedo. Me le acerqué silenciosamente y le hice la señal de la cruz; le cerré los ojos y le puse en su muñeca la esclava de plata que alguna vez me dio como parte de pago para cancelarme una deuda. ¡No tienes deudas conmigo, Muñequis! El mundo te debe una explicación, ahora que te dejó consumirte en el asfalto y que cinco enmascarados esperan la orden de marchar para que te vuelvan polvo en el crematorio. Le he rezado a tu Virgen María, en la que no creo, sé que te alegraría que lo haga, para que salve tu alma. Te haré tres misas, o que sean cinco. ¡Las que tú quieras! Y le dejaré las cenizas a tu madre, aclarándole que recibiste el perdón divino en el hospital, inmediatamente después de que el capellán te tomó confesión en tu lecho de muerte. Me inventaría un par de tonterías necesarias, como aquella de que sonreíste y tu rostro se iluminó místicamente antes de marcharte, y que hubo la señal, en tu semblante, de que todo lo malo en ti había sido borrado por la eternidad. Las leyendas son esos dulces embustes que creemos para no caer en la tragedia de la realidad. Así se tranquilizaría la viejita y nos tranquilizaríamos las dos.
El empleo de maquillar muertos se ha acabado desde que llegó esto. La gente, a duras penas, manda retocar una foto del difunto al pie de los ataúdes, si es que hay entierros; estos rituales hoy reducidos a tristes ceremonias en las que asisten al cementerio dos allegados y no hay más que un padrenuestro, unas palabras que lee el cura de su librito y este se va a arreglar otro responso de los más de veinte que encontrará en el día.
¡Dónde se fue la alegría de la muerte! Esa manera divertida que inventamos tú y yo para homenajear a la vida que se divorcia del cuerpo. Maquillar muertos no es invento nuestro, pero nosotros fuimos más allá del fin cosmético que se busca para despojarle esa expresión marchita a los cadáveres. Para nosotros y, sobre todo para ti, Lady, eran el disfrute póstumo de los cuerpos prestos a carcomerse en cuestión de horas. Te llamaba hasta la crema y nata de La Planicie para desplegar tu magia de cristo, cuando devolvías al cuerpo lo que se le había arrebatado y la dignidad de ser vistos sin llenarse de estupor.
Te conocí en las luces azules y el electro pop del Armagedón, en la 12 de la Arequipa. Tú caminabas con gracia hasta la barra, pidiendo tímida un vodka con ginger ale. Enseguida te llamaron con ese apodo que odiabas, Muñequita; por tu voz apenas perceptible, adelgazada por los tratamientos hormonales y por tu rostro aporcelanado y paliducho, que había vaporizado cualquier rasgo viril a tus veintiún años. Eras una singular muñequita, de metro ochenta y cinco y piernas demasiado recias; pero bastaba hablarte para comprender la extensión de tu apelativo.
Tocaban Same Love y era impensable para mí que tu audaz jaloneo hacia la pista fuera el inicio de nuestra relación amorosa y laboral, aunque ¡qué difícil se te hacía amar!, porque en tu propia casa el amor no abundaba. La borrachera nos duró hasta la salida del pub, y ya en el cruce con Mariano Carranza. Cuando un «¡sáquenle la mierda a esos maricones!» cortó el silencio de la calle. Tú no pudiste correr y yo te quité los zapatos de taco al vuelo. Te sacaste la mierda al caer sobre la vereda, pero nos levantamos y libramos de la lluvia de piedras arrojadas por esa manada de imbéciles. Llegamos hasta 28 de julio y tú te reíste de que aún llevara tus zapatos en las manos. Sí, con la cabeza jodida, pero libres.
La única persona que te llamaba Lady era «Xiu», la china de nombre impronunciable que nos vendía caldo de gallina y que maquillaba muertos en una funeraria de Grau. Sonaba tu celular para que la ayudes en esa tarea sombría que la tenía cansada y que era tradición en su familia desde los tiempos de la pera. No sé si estaba enterada de nuestro romance, pero notaba tu enfado cuando te decía Muñequita. Ella rectificaba y decía Lady, porque así te habías presentado. Te enojabas hasta conmigo, zamarra. Entonces Xiu sacaba de su cartera su catálogo de maquillaje, y comprendimos que no solo era aburrido retocar cadáveres tal como se hacía, sino tétrico. Un sacrilegio, diría tu vieja, y tú no estabas hecha para darle un rostro decente a la muerte, sino para burlarte de ella. Tus maquillajes impostaban sonrisas donde no las había, hasta tomar los cadáveres un aire carnavalesco. No fue sino cuando el cuerpo de la suegra del viceministro de Economía llegó a tus manos, para que lo que eran una serie de reclamos para Xiu se hicieron una tendencia que escaló rápidamente en los circuitos de la Lima blanca. ¿Y la china?, china de la risa, por tu clic con los de apellidos largos. Nos mudamos a San Borja, para estar más cerca de la demanda.
El talento disfraza todas las discriminaciones, y lo mismo ocurrió con nosotros. Ya no había que correr de la turba cuando escapábamos al Armagedón o al Ganimedes, ni siquiera esperar hasta las nueve de la noche. En pleno sol de marzo y en las arenas de Santa María, timbraba terco el teléfono esperando tu magia. «¡Es para ti, Muñequis, de Aurelia Zappler!», sonreía y te miraba con esa admiración que había empezado desde que le dijiste a tu madre que el dinero que le enviabas no venía de un auto esperándote en la esquina, sino de señorones que acababan de hacer maletas para la eternidad.
De un momento a otro, gran parte de tus agradecidos amigos comenzaron a enfermarse y, en el lapso de semanas, murieron Maripili Olaechea, Mauricio Roggero, Juan Ignacio Letts y hasta la radiante Cuchita Banchero. El contacto directo con cadáveres fue prohibido, y el estado declaró emergencia sanitaria. ¡No lo entendía! Para colmo, Xiu la pasaba súper mal; algunos suponían que ella era una de las responsables de dispersar el virus, en Lima y en todo el mundo. Nos hicimos impopulares, aunque agradecimiento hacia ti nunca faltó entre esos pingüinos. Llegaban generosas remesas a tu cuenta, pero tú… deprimida, porque el maquillaje de bienvenida a la muerte no volvería jamás.
No sé qué tan cierto sea eso que decía Xiu que la depresión es un imán para otros males, pero tu salud empeoró repentinamente, primero con ataques de hipotensión y luego la tos que tu atribuías a que habías cambiado de marca de cigarrillos. Echamos mano del ajo, luego del té de kion y eucalipto, pero la tos se hizo más persistente y aumentaba en las madrugadas. La fiebre no bajó en diez días y busqué a un médico, pero casi todos contestaron aterrados que no atendían eso; solo uno aseguró que vendría, pero pasadas las nueve de la noche, caímos en la cuenta de que tampoco lo haría.
Me pediste que no avisara a tu madre, pues sería capaz de venirse desde Talara, de la mano de algún curandero envalentonado que te haga una sanación. Delirabas por las noches su nombre, y el de tu hermana menor, eligiéndole su vestido de quince años, el de tu padre, diciéndole que no eras maricón por ponerte la blusa de mamá. Sonreías y llorabas, hasta que un ataque de tos espasmódica te despertó.
Te levanté y te puse sobre mi regazo.
—¡Vamos a la clínica ahora, tenemos dinero, por favor!
—¡No me jodas, que no vamos a ninguna parte!... Solo quiero que me maquilles – Y tu cara se embebió de ternura, estabas bella, pese a tus pronunciadas ojeras que acusaban tu enfermedad.
—Llamaré a la Stella Maris, hay buenos neumólogos allá.
—¡Anda tú, si quieres, fea, que el bicho ya te cogió! –Me tocaste las manos y notaste que también yo tenía fiebre—. Yo solo quiero que me maquilles de Polichinela, es ese que tanto te gustó, y que se lo hice al papá de Lucho Kisic.
—¡No te morirás, Muñe!
—¡Vete a la mierda!... ¡Xiu me maquillará! –Te erguiste de la cama y apenas podías respirar. Como te lo permitieron tus ganas y con los zapatos mal puestos, fuiste a buscar a la china, presintiendo lo inevitable. No sé cuántas veces te habrías caído antes de hacerlo definitivamente sobre la pista; pero tuve noticias que permaneciste media ahora allí hasta que yo llegara y me topara con el cerco de seguridad que habían pedido los vecinos, temerosos de que los vapores del coronavirus llegaran hasta ellos.
Habían regado la calle de amoniaco, pero tú todavía respirabas. Me las ingenié para burlar el cerco y corrí con el maquillaje en brazos, pero lo regué a medio camino.
—¿Me maquillarás? — preguntaste con esperanza, pero con enorme dificultad, pero al ver que solo conservaba en mis manos la caja de sombras, sacudiste la cabeza y me tomaste las manos. Yo las besé.
El cerco de seguridad me apartó, arrojándome grandes chorros de agua desde un tanque y con el insoportable olor a amoniaco que se apoderó de la calle.
En alguna parte del camino hasta el crematorio, lo sé, te transformarás en Polichinela, o tal vez allá, en el tránsito a ese mundo donde no existe ni hambre ni sed del que habla la vieja, podrás maquillarte a ti misma y al mundo mortecino que encuentres a tu paso.
El empleo de maquillar muertos se ha acabado desde que llegó esto. La gente, a duras penas, manda retocar una foto del difunto al pie de los ataúdes, si es que hay entierros; estos rituales hoy reducidos a tristes ceremonias en las que asisten al cementerio dos allegados y no hay más que un padrenuestro, unas palabras que lee el cura de su librito y este se va a arreglar otro responso de los más de veinte que encontrará en el día.
¡Dónde se fue la alegría de la muerte! Esa manera divertida que inventamos tú y yo para homenajear a la vida que se divorcia del cuerpo. Maquillar muertos no es invento nuestro, pero nosotros fuimos más allá del fin cosmético que se busca para despojarle esa expresión marchita a los cadáveres. Para nosotros y, sobre todo para ti, Lady, eran el disfrute póstumo de los cuerpos prestos a carcomerse en cuestión de horas. Te llamaba hasta la crema y nata de La Planicie para desplegar tu magia de cristo, cuando devolvías al cuerpo lo que se le había arrebatado y la dignidad de ser vistos sin llenarse de estupor.
Te conocí en las luces azules y el electro pop del Armagedón, en la 12 de la Arequipa. Tú caminabas con gracia hasta la barra, pidiendo tímida un vodka con ginger ale. Enseguida te llamaron con ese apodo que odiabas, Muñequita; por tu voz apenas perceptible, adelgazada por los tratamientos hormonales y por tu rostro aporcelanado y paliducho, que había vaporizado cualquier rasgo viril a tus veintiún años. Eras una singular muñequita, de metro ochenta y cinco y piernas demasiado recias; pero bastaba hablarte para comprender la extensión de tu apelativo.
Tocaban Same Love y era impensable para mí que tu audaz jaloneo hacia la pista fuera el inicio de nuestra relación amorosa y laboral, aunque ¡qué difícil se te hacía amar!, porque en tu propia casa el amor no abundaba. La borrachera nos duró hasta la salida del pub, y ya en el cruce con Mariano Carranza. Cuando un «¡sáquenle la mierda a esos maricones!» cortó el silencio de la calle. Tú no pudiste correr y yo te quité los zapatos de taco al vuelo. Te sacaste la mierda al caer sobre la vereda, pero nos levantamos y libramos de la lluvia de piedras arrojadas por esa manada de imbéciles. Llegamos hasta 28 de julio y tú te reíste de que aún llevara tus zapatos en las manos. Sí, con la cabeza jodida, pero libres.
La única persona que te llamaba Lady era «Xiu», la china de nombre impronunciable que nos vendía caldo de gallina y que maquillaba muertos en una funeraria de Grau. Sonaba tu celular para que la ayudes en esa tarea sombría que la tenía cansada y que era tradición en su familia desde los tiempos de la pera. No sé si estaba enterada de nuestro romance, pero notaba tu enfado cuando te decía Muñequita. Ella rectificaba y decía Lady, porque así te habías presentado. Te enojabas hasta conmigo, zamarra. Entonces Xiu sacaba de su cartera su catálogo de maquillaje, y comprendimos que no solo era aburrido retocar cadáveres tal como se hacía, sino tétrico. Un sacrilegio, diría tu vieja, y tú no estabas hecha para darle un rostro decente a la muerte, sino para burlarte de ella. Tus maquillajes impostaban sonrisas donde no las había, hasta tomar los cadáveres un aire carnavalesco. No fue sino cuando el cuerpo de la suegra del viceministro de Economía llegó a tus manos, para que lo que eran una serie de reclamos para Xiu se hicieron una tendencia que escaló rápidamente en los circuitos de la Lima blanca. ¿Y la china?, china de la risa, por tu clic con los de apellidos largos. Nos mudamos a San Borja, para estar más cerca de la demanda.
El talento disfraza todas las discriminaciones, y lo mismo ocurrió con nosotros. Ya no había que correr de la turba cuando escapábamos al Armagedón o al Ganimedes, ni siquiera esperar hasta las nueve de la noche. En pleno sol de marzo y en las arenas de Santa María, timbraba terco el teléfono esperando tu magia. «¡Es para ti, Muñequis, de Aurelia Zappler!», sonreía y te miraba con esa admiración que había empezado desde que le dijiste a tu madre que el dinero que le enviabas no venía de un auto esperándote en la esquina, sino de señorones que acababan de hacer maletas para la eternidad.
De un momento a otro, gran parte de tus agradecidos amigos comenzaron a enfermarse y, en el lapso de semanas, murieron Maripili Olaechea, Mauricio Roggero, Juan Ignacio Letts y hasta la radiante Cuchita Banchero. El contacto directo con cadáveres fue prohibido, y el estado declaró emergencia sanitaria. ¡No lo entendía! Para colmo, Xiu la pasaba súper mal; algunos suponían que ella era una de las responsables de dispersar el virus, en Lima y en todo el mundo. Nos hicimos impopulares, aunque agradecimiento hacia ti nunca faltó entre esos pingüinos. Llegaban generosas remesas a tu cuenta, pero tú… deprimida, porque el maquillaje de bienvenida a la muerte no volvería jamás.
No sé qué tan cierto sea eso que decía Xiu que la depresión es un imán para otros males, pero tu salud empeoró repentinamente, primero con ataques de hipotensión y luego la tos que tu atribuías a que habías cambiado de marca de cigarrillos. Echamos mano del ajo, luego del té de kion y eucalipto, pero la tos se hizo más persistente y aumentaba en las madrugadas. La fiebre no bajó en diez días y busqué a un médico, pero casi todos contestaron aterrados que no atendían eso; solo uno aseguró que vendría, pero pasadas las nueve de la noche, caímos en la cuenta de que tampoco lo haría.
Me pediste que no avisara a tu madre, pues sería capaz de venirse desde Talara, de la mano de algún curandero envalentonado que te haga una sanación. Delirabas por las noches su nombre, y el de tu hermana menor, eligiéndole su vestido de quince años, el de tu padre, diciéndole que no eras maricón por ponerte la blusa de mamá. Sonreías y llorabas, hasta que un ataque de tos espasmódica te despertó.
Te levanté y te puse sobre mi regazo.
—¡Vamos a la clínica ahora, tenemos dinero, por favor!
—¡No me jodas, que no vamos a ninguna parte!... Solo quiero que me maquilles – Y tu cara se embebió de ternura, estabas bella, pese a tus pronunciadas ojeras que acusaban tu enfermedad.
—Llamaré a la Stella Maris, hay buenos neumólogos allá.
—¡Anda tú, si quieres, fea, que el bicho ya te cogió! –Me tocaste las manos y notaste que también yo tenía fiebre—. Yo solo quiero que me maquilles de Polichinela, es ese que tanto te gustó, y que se lo hice al papá de Lucho Kisic.
—¡No te morirás, Muñe!
—¡Vete a la mierda!... ¡Xiu me maquillará! –Te erguiste de la cama y apenas podías respirar. Como te lo permitieron tus ganas y con los zapatos mal puestos, fuiste a buscar a la china, presintiendo lo inevitable. No sé cuántas veces te habrías caído antes de hacerlo definitivamente sobre la pista; pero tuve noticias que permaneciste media ahora allí hasta que yo llegara y me topara con el cerco de seguridad que habían pedido los vecinos, temerosos de que los vapores del coronavirus llegaran hasta ellos.
Habían regado la calle de amoniaco, pero tú todavía respirabas. Me las ingenié para burlar el cerco y corrí con el maquillaje en brazos, pero lo regué a medio camino.
—¿Me maquillarás? — preguntaste con esperanza, pero con enorme dificultad, pero al ver que solo conservaba en mis manos la caja de sombras, sacudiste la cabeza y me tomaste las manos. Yo las besé.
El cerco de seguridad me apartó, arrojándome grandes chorros de agua desde un tanque y con el insoportable olor a amoniaco que se apoderó de la calle.
En alguna parte del camino hasta el crematorio, lo sé, te transformarás en Polichinela, o tal vez allá, en el tránsito a ese mundo donde no existe ni hambre ni sed del que habla la vieja, podrás maquillarte a ti misma y al mundo mortecino que encuentres a tu paso.
