La ideología, eso es lo que da a la maldad su anhelada justificación y al malhechor la necesaria firmeza y determinación.
Esta sentencia de Aleksandr Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag es la clave para entender las mayores catástrofes del siglo XX. Los peores crímenes no los cometen quienes se creen malvados, sino aquellos convencidos de su propia e inmaculada rectitud.
Sobre esta premisa se levanta la demolición de uno de los mitos más peligrosos de la modernidad, la falacia de la superioridad moral de la izquierda. Esta pretensión que se arroga el monopolio de la compasión y la justicia no es una simple arrogancia, sino un error filosófico de consecuencias letales.
Ha servido como licencia para la tiranía y el asesinato en masa a una escala sin precedentes. El núcleo de esta falacia reside en una perversión lógica fundamental, la santificación de las intenciones por encima de los resultados.
Este modo de pensamiento se atrinchera en lo que se conoce como la falacia de la rectitud. Si mis intenciones son buenas, mis métodos no pueden ser criticados y mis resultados están garantizados.
El silogismo es tan simple como perverso: deseo el bien, mi propuesta busca el bien; por lo tanto, mi propuesta es correcta y funcionará. Esta fusión de la intención con la verdad objetiva anula el razonamiento y demoniza el disenso. Si la propia posición está santificada por las buenas intenciones, cualquier oposición no puede ser un desacuerdo intelectual, sino una manifestación de maldad o traición. El oponente deja de ser un adversario y se convierte en un enemigo del bien, la encarnación del mal, contra el cual está justificado cualquier procedimiento. De aquí emana un doble rasero sistémico, como señaló Milton Friedman, uno de los grandes errores es juzgar las políticas y los programas por sus intenciones en lugar de por sus resultados.
A la izquierda se la valora por sus nobles deseos, mientras que a la derecha se la juzga implacablemente por sus hechos. Esta asimetría es peligrosa, pues crea un sistema de irresponsabilidad moral. La izquierda recibe una exoneración perpetua por sus fracasos, sin importar cuánta pobreza real genere en sus acciones, porque quería ayudar.
La única manera de hacer progresar el pensamiento racional y científico es arremeter esta falacia de base. El triunfo de Javier Milei en Argentina es paradigmático. Su éxito no provino de ofrecer un estatismo más eficiente, sino de un ataque frontal a la legitimidad moral del socialismo, calificándolo como una basura, un cáncer o un virus mental que corroe a las sociedades. Miley comprendió que la batalla no es técnica, sino moral, y se negó a jugar en el campo de la izquierda. El veredicto de la historia es concluyente. Una ideología con un legado de más de cien millones de cadáveres ha perdido irrevocablemente cualquier derecho a reclamar una posición moral elevada. La verdadera moralidad no reside en intenciones, sino en resultados. No en la arrogancia, sino en la prudencia, no en la autocongratulación, sino en la responsabilidad.
El deber de nuestro tiempo es ejercer una vigilancia implacable. sobre nuestras libertades imperfectas pero reales y reconocer al demagogo hoy al autoproclamado progresista que una vez más viene armado con supuestas buenas intenciones y un plan perfecto como al enemigo más peligroso de la humanidad.