En el año 75 a. C., cuando tenía unos 25 años, Julio César navegaba hacia Rodas para estudiar Retórica cuando fue secuestrado por piratas cilicios. Éstos pidieron 20 talentos de plata por su rescate, pero César, indignado, les dijo que valía más y exigió que pidieran 50 talentos.
Durante los 38 días que duró su cautiverio, César se comportó como si fuera su jefe: ordenaba silencio cuando quería dormir, recitaba poesía y discursos que los piratas estaban obligados a elogiar, y les prometía que, una vez libre, volvería y los crucificaría.
Cuando fue liberado y el rescate pagado, César reunió una pequeña flota en Mileto, persiguió a los piratas, los capturó y cumplió su palabra: los crucificó, aunque antes ordenó degollarlos para disminuir su sufrimiento. Este episodio marcó su reputación temprana de audacia y autoridad.
Durante los 38 días que duró su cautiverio, César se comportó como si fuera su jefe: ordenaba silencio cuando quería dormir, recitaba poesía y discursos que los piratas estaban obligados a elogiar, y les prometía que, una vez libre, volvería y los crucificaría.
Cuando fue liberado y el rescate pagado, César reunió una pequeña flota en Mileto, persiguió a los piratas, los capturó y cumplió su palabra: los crucificó, aunque antes ordenó degollarlos para disminuir su sufrimiento. Este episodio marcó su reputación temprana de audacia y autoridad.