Bruno Molina
Miembro de oro
El aire gélido de la noche se colaba por las grietas de la vieja casa de madera, rozando la piel de Aiko con un escalofrío que no era solo por el frío. La casa, heredada de su abuela, se alzaba imponente en medio de un bosque de pinos, un lugar remoto e inquietante que se sentía como un laberinto de sombras. Aiko, una adolescente de 16 años, había llegado a la casa con una sensación de curiosidad y temor, buscando respuestas a las misteriosas cartas que su abuela le había dejado.
Las cartas, escritas en un lenguaje antiguo y adornado con símbolos extraños, hablaban de un juego macabro japonés llamado "Kuchisake-onna", la mujer de la boca cortada. La leyenda contaba que una mujer hermosa, desfigurada por su marido celoso, vagaba por las calles con una máscara de seda, preguntando: "¿Soy hermosa?". Si la víctima respondía "Sí", la mujer le cortaba la boca de oreja a oreja con unas tijeras de plata, repitiendo la pregunta. Si respondía "No", la mujer la mataba de todas formas.
Aiko no creía en leyendas, pero la insistencia de su abuela en que debía jugar al juego para encontrar la paz, la llevó a la casa de madera, un lugar donde la leyenda se había cobrado la vida de su propia familia.
En la primera carta, su abuela le había dejado instrucciones para el juego. Debía encontrar un espejo antiguo en el ático, con una máscara de seda y un par de tijeras de plata. Debía mirarse al espejo y preguntarse: "¿Soy hermosa?". Si respondía "Sí", debía cortar su propia boca, repitiendo la pregunta. Si respondía "No", debía dejar la casa y nunca volver.
Aiko, con un nudo en el estómago, subió al ático polvoriento. El olor a humedad y a madera vieja le picaba la nariz. En medio del polvo y las telarañas, encontró un espejo antiguo, con una máscara de seda y un par de tijeras de plata.
Con un corazón que latía a mil por hora, se miró al espejo. Sus ojos oscuros, su piel pálida y sus labios carnosos reflejaban una imagen que no le desagradaba. Pero la leyenda, la advertencia de su abuela, la llenaba de terror.
"¿Soy hermosa?", se preguntó en voz baja, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.
En ese instante, la máscara de seda que estaba sobre el espejo se movió, como si la impulsara una fuerza invisible. Aiko sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.
"Sí", respondió, con la voz temblorosa.
Las tijeras de plata se elevaron del espejo, flotando en el aire como si tuvieran vida propia. Aiko retrocedió, aterrorizada, pero las tijeras se acercaban a ella con una velocidad aterradora.
En ese momento, la casa comenzó a temblar. El sonido de la madera crujiendo, el golpe de objetos cayendo, la sensación de que algo se movía en la oscuridad, la llenaron de un terror que la paralizó.
Las tijeras se detuvieron a centímetros de su rostro. Aiko cerró los ojos, esperando el golpe final, pero no llegó. Abrió los ojos lentamente y vio que las tijeras se habían clavado en la pared, justo detrás de ella.
En ese momento, un grito desgarrador resonó en la casa. Aiko se giró y vio a su abuela, con la boca ensangrentada, tendida en el suelo. Su abuela, que había muerto hacía años, estaba allí, con la boca cortada de oreja a oreja, como si la mujer de la boca cortada la hubiera visitado.
Aiko, con el corazón en la garganta, corrió hacia su abuela, pero en ese instante, la casa se derrumbó sobre ella, sepultándola bajo toneladas de madera y polvo.
En la oscuridad, Aiko escuchó un susurro: "¿Soy hermosa?".
La máscara de seda, que se había caído del espejo, se movió, como si la impulsara una fuerza invisible. Aiko sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.
"No", respondió, con la voz temblorosa.
En ese instante, la casa se llenó de un silencio sepulcral. Aiko, con el cuerpo dolorido, se levantó con dificultad. La máscara de seda se había ido, pero la sensación de que algo la observaba la llenó de un miedo que la paralizó.
Aiko se tambaleó hacia afuera, buscando escapar de la casa maldita. La oscuridad la envolvió, y un susurro lejano la persiguió: "¿Soy hermosa?". Aiko corrió sin mirar atrás, sabiendo que el juego macabro de Kuchisake-onna no había terminado. La casa, ahora en ruinas, se alzaba como un monumento a la tragedia, un recordatorio de que la muerte siempre acecha en las sombras.
Las cartas, escritas en un lenguaje antiguo y adornado con símbolos extraños, hablaban de un juego macabro japonés llamado "Kuchisake-onna", la mujer de la boca cortada. La leyenda contaba que una mujer hermosa, desfigurada por su marido celoso, vagaba por las calles con una máscara de seda, preguntando: "¿Soy hermosa?". Si la víctima respondía "Sí", la mujer le cortaba la boca de oreja a oreja con unas tijeras de plata, repitiendo la pregunta. Si respondía "No", la mujer la mataba de todas formas.
Aiko no creía en leyendas, pero la insistencia de su abuela en que debía jugar al juego para encontrar la paz, la llevó a la casa de madera, un lugar donde la leyenda se había cobrado la vida de su propia familia.
En la primera carta, su abuela le había dejado instrucciones para el juego. Debía encontrar un espejo antiguo en el ático, con una máscara de seda y un par de tijeras de plata. Debía mirarse al espejo y preguntarse: "¿Soy hermosa?". Si respondía "Sí", debía cortar su propia boca, repitiendo la pregunta. Si respondía "No", debía dejar la casa y nunca volver.
Aiko, con un nudo en el estómago, subió al ático polvoriento. El olor a humedad y a madera vieja le picaba la nariz. En medio del polvo y las telarañas, encontró un espejo antiguo, con una máscara de seda y un par de tijeras de plata.
Con un corazón que latía a mil por hora, se miró al espejo. Sus ojos oscuros, su piel pálida y sus labios carnosos reflejaban una imagen que no le desagradaba. Pero la leyenda, la advertencia de su abuela, la llenaba de terror.
"¿Soy hermosa?", se preguntó en voz baja, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.
En ese instante, la máscara de seda que estaba sobre el espejo se movió, como si la impulsara una fuerza invisible. Aiko sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.
"Sí", respondió, con la voz temblorosa.
Las tijeras de plata se elevaron del espejo, flotando en el aire como si tuvieran vida propia. Aiko retrocedió, aterrorizada, pero las tijeras se acercaban a ella con una velocidad aterradora.
En ese momento, la casa comenzó a temblar. El sonido de la madera crujiendo, el golpe de objetos cayendo, la sensación de que algo se movía en la oscuridad, la llenaron de un terror que la paralizó.
Las tijeras se detuvieron a centímetros de su rostro. Aiko cerró los ojos, esperando el golpe final, pero no llegó. Abrió los ojos lentamente y vio que las tijeras se habían clavado en la pared, justo detrás de ella.
En ese momento, un grito desgarrador resonó en la casa. Aiko se giró y vio a su abuela, con la boca ensangrentada, tendida en el suelo. Su abuela, que había muerto hacía años, estaba allí, con la boca cortada de oreja a oreja, como si la mujer de la boca cortada la hubiera visitado.
Aiko, con el corazón en la garganta, corrió hacia su abuela, pero en ese instante, la casa se derrumbó sobre ella, sepultándola bajo toneladas de madera y polvo.
En la oscuridad, Aiko escuchó un susurro: "¿Soy hermosa?".
La máscara de seda, que se había caído del espejo, se movió, como si la impulsara una fuerza invisible. Aiko sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral.
"No", respondió, con la voz temblorosa.
En ese instante, la casa se llenó de un silencio sepulcral. Aiko, con el cuerpo dolorido, se levantó con dificultad. La máscara de seda se había ido, pero la sensación de que algo la observaba la llenó de un miedo que la paralizó.
Aiko se tambaleó hacia afuera, buscando escapar de la casa maldita. La oscuridad la envolvió, y un susurro lejano la persiguió: "¿Soy hermosa?". Aiko corrió sin mirar atrás, sabiendo que el juego macabro de Kuchisake-onna no había terminado. La casa, ahora en ruinas, se alzaba como un monumento a la tragedia, un recordatorio de que la muerte siempre acecha en las sombras.