Bruno Molina
Miembro de oro
Tibisay, Jacaranda, Yonfrek y Markx Lenin fueron recibidos por un frío matinal que jamás habían conocido en su tierra caribeña, pero además les dió la bienvenida la patología del clásica del soroche.
Todos llegaban contratados junto con un grupo de obreros de Lima y Huancayo para trabajar en un obra de construcción de un puente y carretera: las dos mujeres para el área administrativa y los dos jóvenes para las labores de albañilería que requería la edificación; el sueldo era bueno y solo por eso ameritaba soportar los rigores de una altura superior a los cuatro mil metros y un clima que difícilmente aguantarian en circunstancias normales.
Pronto se dieron cuenta que la gente de la obra les tomó aprecio, talvez demasiado y las actividades que realizaban eran muy sencillas. Las muchachas apenas si hacian labores básicas de redactar documentos, apoyar en la contabilidad y otras minucias que no ameritaban mayor sacrificio. Los muchachos por su parte veían como sus compañeros hacían el doble de sus labores y ellos solo hacían zócalos y trasladaban material manualmente.
Un dia, una de las señoras del comedor, que era bastante mayor los encontró almorzando juntos y les dijo, "chicos ustedes parecen buenos, pero este no es lugar para ustedes, mejor regresen a Lima en la primera salida"; eso les llamo la atención, más cuando la señora desde el día siguiente, ya no estaba en el campamento.
La primera salida, realizada a las dos semanas de avance de la obra, los encontró a los cuatro solos en el campamento, pues no quisieron viajar, debido a que no tenían donde ir. Los trabajadores bajaron a la capital de la provincia, y ellos prefirieron no ir, para ahorrar el dinero de su jornal, quedándose solo con algunos capataces y el personal de seguridad.
Durante el día, salieron a hacer un día de campo por las inmediaciones de la obra y reconocieron que el paisaje era hermoso, una campiña andina, rodeada de nevados, frente a un complejo de lagunas y antiguas ruinas preincas, desde donde observaron que la parte principal de la obra, el puente que salía desde un cerro y unía el pase sobre un río, estaba avanzada con el encofrado de las bases de sus cuatro columnas ya casi listas.
Fue en las ruinas donde hicieron su almuerzo y mientras descansaban escucharon un ruido de tambores y zampoñas que sonaba entre los muros milenarios. Buscaron el origen de la música, pero no ubicaban nada, siendo cada vez más fuerte y acompasada, seguida de un canto en unas palabras que no lograron entender.
Yonfrek les dijo a sus compañeros: "maricos creo que están penando y hemos molestado a los espíritus, vámonos"... Las muchachas estaban asustadas y prefirieron irse, cuando la música cesó de golpe.
Markx Lenin, tratando de controlar su nerviosismo grito: "mamaguevo, salga de ahí, ¿porque no se va a asustar al coño de su madre?", pero solo respondió el silbido del viento. Fue en eso que un tremendo trueno sonó en la lejanía y una de las muchachas dijo: "la otra vez que sonó así, hubo una tormenta, mejor bajemos, no nos vaya a agarrar la lluvia aquí".
Así lo hicieron, y cuando estaban cerca del campamento, la lluvia ya estaba cayendo, por lo que optaron los cuatro por refugiarse en uno de los cubículos de metal que usaban los trabajadores para descansar, donde encendieron una estufa para secarse, pero entre el golpeteo de las gotas en los techos de calamina, volvió a sonar la música y los cantos.
Como si no pudiera ser peor, el fragor de un trueno removió el campamento y toda la obra se quedó a oscuras. Desde la única ventana Markx Lenin vio un fuego inmenso en un área del campamento y gritó "creo que un rayo cayó en el grupo electrógeno y provocó el apagón". Ninguno quiso moverse para tratar de apagar el incendio, pero Markx Lenin, tomó un extinguidor y obviando toda precaución corrió hacia el incendio. Lo vieron solo unos segundos, luego desapareció tras lanzar un grito, seguido del brutal sonido de un trueno y el resplandor de los rayos.
Yonfrek, al no ver a su amigo, salió a buscarlo, y solo se le oyó lanzar un alarido. Luego, salvo la lluvia no se escuchó más.
Las muchachas asustadas no querían salir; acurrucadas al fondo del cuarto, apenas cubiertas por una frazada tigre, temblaban más de miedo que de frío, mientras el ruido de tambores y zampoñas parecía dar vueltas al rededor del refugio.
Un nuevo trueno retumbó en el campamento e hizo saltar el cubículo, como si una gran mano lo hubiera sacudido. Las muchachas salieron corriendo para tratar de buscar al personal de seguridad, pero se vieron rodeadas de sombras; el nuevo resplandor de un rayo iluminó el campamento, cuando vieron un grupo de rostros cobrizos rodeandolas, y a sus compañeros, maniatados en el suelo. Los gritos de las muchachas, no fueron escuchados por nadie.
El lunes, al reinicio de la obra, un chamán hacia la ceremonia de pago a la tierra, echaba coca, aguardiente y cigarros en las bases de las columnas, mientras sus compañeros tocaban zampoñas y tambores.
Acabada la ceremonia, se le acercó el capataz, y le pregunto: "Taita, ¿seguro que ya no se nos va a volver a caer el puente?".
El chamán, mientras contaba los billetes y se acomodaba el sombrero, con total seguridad respondió: "papito, el Apu ha hablado, necesitaba el sacrificio de dos hombres y dos mujeres; ya has cumplido, cada columna tiene su cuerpito, no te preocupes, tu obra no se va a caer".
Todos llegaban contratados junto con un grupo de obreros de Lima y Huancayo para trabajar en un obra de construcción de un puente y carretera: las dos mujeres para el área administrativa y los dos jóvenes para las labores de albañilería que requería la edificación; el sueldo era bueno y solo por eso ameritaba soportar los rigores de una altura superior a los cuatro mil metros y un clima que difícilmente aguantarian en circunstancias normales.
Pronto se dieron cuenta que la gente de la obra les tomó aprecio, talvez demasiado y las actividades que realizaban eran muy sencillas. Las muchachas apenas si hacian labores básicas de redactar documentos, apoyar en la contabilidad y otras minucias que no ameritaban mayor sacrificio. Los muchachos por su parte veían como sus compañeros hacían el doble de sus labores y ellos solo hacían zócalos y trasladaban material manualmente.
Un dia, una de las señoras del comedor, que era bastante mayor los encontró almorzando juntos y les dijo, "chicos ustedes parecen buenos, pero este no es lugar para ustedes, mejor regresen a Lima en la primera salida"; eso les llamo la atención, más cuando la señora desde el día siguiente, ya no estaba en el campamento.
La primera salida, realizada a las dos semanas de avance de la obra, los encontró a los cuatro solos en el campamento, pues no quisieron viajar, debido a que no tenían donde ir. Los trabajadores bajaron a la capital de la provincia, y ellos prefirieron no ir, para ahorrar el dinero de su jornal, quedándose solo con algunos capataces y el personal de seguridad.
Durante el día, salieron a hacer un día de campo por las inmediaciones de la obra y reconocieron que el paisaje era hermoso, una campiña andina, rodeada de nevados, frente a un complejo de lagunas y antiguas ruinas preincas, desde donde observaron que la parte principal de la obra, el puente que salía desde un cerro y unía el pase sobre un río, estaba avanzada con el encofrado de las bases de sus cuatro columnas ya casi listas.
Fue en las ruinas donde hicieron su almuerzo y mientras descansaban escucharon un ruido de tambores y zampoñas que sonaba entre los muros milenarios. Buscaron el origen de la música, pero no ubicaban nada, siendo cada vez más fuerte y acompasada, seguida de un canto en unas palabras que no lograron entender.
Yonfrek les dijo a sus compañeros: "maricos creo que están penando y hemos molestado a los espíritus, vámonos"... Las muchachas estaban asustadas y prefirieron irse, cuando la música cesó de golpe.
Markx Lenin, tratando de controlar su nerviosismo grito: "mamaguevo, salga de ahí, ¿porque no se va a asustar al coño de su madre?", pero solo respondió el silbido del viento. Fue en eso que un tremendo trueno sonó en la lejanía y una de las muchachas dijo: "la otra vez que sonó así, hubo una tormenta, mejor bajemos, no nos vaya a agarrar la lluvia aquí".
Así lo hicieron, y cuando estaban cerca del campamento, la lluvia ya estaba cayendo, por lo que optaron los cuatro por refugiarse en uno de los cubículos de metal que usaban los trabajadores para descansar, donde encendieron una estufa para secarse, pero entre el golpeteo de las gotas en los techos de calamina, volvió a sonar la música y los cantos.
Como si no pudiera ser peor, el fragor de un trueno removió el campamento y toda la obra se quedó a oscuras. Desde la única ventana Markx Lenin vio un fuego inmenso en un área del campamento y gritó "creo que un rayo cayó en el grupo electrógeno y provocó el apagón". Ninguno quiso moverse para tratar de apagar el incendio, pero Markx Lenin, tomó un extinguidor y obviando toda precaución corrió hacia el incendio. Lo vieron solo unos segundos, luego desapareció tras lanzar un grito, seguido del brutal sonido de un trueno y el resplandor de los rayos.
Yonfrek, al no ver a su amigo, salió a buscarlo, y solo se le oyó lanzar un alarido. Luego, salvo la lluvia no se escuchó más.
Las muchachas asustadas no querían salir; acurrucadas al fondo del cuarto, apenas cubiertas por una frazada tigre, temblaban más de miedo que de frío, mientras el ruido de tambores y zampoñas parecía dar vueltas al rededor del refugio.
Un nuevo trueno retumbó en el campamento e hizo saltar el cubículo, como si una gran mano lo hubiera sacudido. Las muchachas salieron corriendo para tratar de buscar al personal de seguridad, pero se vieron rodeadas de sombras; el nuevo resplandor de un rayo iluminó el campamento, cuando vieron un grupo de rostros cobrizos rodeandolas, y a sus compañeros, maniatados en el suelo. Los gritos de las muchachas, no fueron escuchados por nadie.
El lunes, al reinicio de la obra, un chamán hacia la ceremonia de pago a la tierra, echaba coca, aguardiente y cigarros en las bases de las columnas, mientras sus compañeros tocaban zampoñas y tambores.
Acabada la ceremonia, se le acercó el capataz, y le pregunto: "Taita, ¿seguro que ya no se nos va a volver a caer el puente?".
El chamán, mientras contaba los billetes y se acomodaba el sombrero, con total seguridad respondió: "papito, el Apu ha hablado, necesitaba el sacrificio de dos hombres y dos mujeres; ya has cumplido, cada columna tiene su cuerpito, no te preocupes, tu obra no se va a caer".