Bruno Molina
Miembro de oro
Aquella tarde habíamos quedado en ir al Daytona Park abandonado. Iría Javicho, Lucho, Marco, un huevón que no recuerdo su nombre; Rebecca, Karina; y yo, obvio. Era locazo porque no teníamos idea de si podríamos filmar ahí, pero ahí estábamos; al menos en mi caso era ser bien hincha de mi parte el estar ahí, ya que la nota estaba en Monterrico y yo era de los Olivos. Pero bueno, cuando uno es joven se le da por hacer estupideces; además, que mucho no tenía por hacer en casa si no iba, por lo que no había tanto escándalo por viajar dos horas y media en bus. Un plus podría haber sido las flacas, pero una ya andaba en coqueteos con uno del grupo y la otra no me gustaba, aunque sí que era guapa. O sea, era guapa, sí, pero me llegaba al pincho: siempre con aires de superioridad la muy tonta. En fin. Nos encontramos en el Jockey Plaza. Sí, el mismo centro comercial donde si no tienes un mapa no encuentras ni el baño. Y ya pues, uno a uno fue cayendo, y cuando ya estuvieron todos nos fuimos lateando para allá. Recuerdo que uno de ellos quería algo para la bajada, o sea algo para jamear, por lo que previo a llegar al Daytona nos fuimos donde un Tío Veneno que vendía salchipapas y trago. Yo ya había tragado como bestia antes de salir, por lo que solo me apunté a las chelas. Mientras tomábamos hablamos sobre lo que íbamos a hacer tras llegar; entre otras cojudeces sin sentido, gracias a Lucho, quien se tomaba en serio su papel de payaso, y hablaba con entusiasmo sobre cada pajazo mental que se le ocurría en el momento. Era un imbécil, pero me caía bien, porque yo casi era tan imbécil como él.
Tras ello, reanudamos el paso en dirección al hipódromo. Porque un detalle que aún no mencioné, es que dicho lugar, el Daytona Park, estaba dentro del hipódromo. En su momento, en los 90s, sí que tenía un ingreso aparte, pero en ese momento ya no era así; e incluso ahora sigue siendo de ese modo. Entramos por la Puerta 1 del Hipódromo, saludando a los guachis como si los conociéramos y caminamos recto, en un sendero cada vez más en picada, propio de un tramo donde se transcurre con automóviles. A nuestro lado izquierdo, la caballeriza; al lado contrario, El Daytona, un cementerio de atracciones piolas, llenas de polvo y olor a pichi.
Se me cayó la envoltura de uno de mis caramelos de limón. No recuerdo en qué tramo del camino: si al principio, a mitad o casi al entrar al centro de atracciones. Lo que sí recuerdo es que Rebecca me hizo tremendo roche por eso. Yo ni enterado de que se me había caído, y la muy calienta huevas lanzándome una serie de ataques por ello. Solo podía pensar: “zorra de mier…”. Pero, tras entrar al fin, ya no pensé en zorras, ni en mier…; no, nada qué ver, solo podía pensar en lo jodidamente tenebroso que se veía eso. Era cómo estar en una peli de terror de bajo presupuesto.
Javicho estaba en su salsa, tomaba fotos por doquier. Marco, como siempre, todo ahuevado oliéndole el poto a la zorra culona que tenía por casi algo. Cargando su cartera el muy sin-bolas ese. Lucho, no paraba de sacarse la mierda solo, tras pisar alguna cosa rara por la poca iluminación. Y es que por partes no entraba mucha iluminación, ya que eran ambientes cerrados; pero por otros lares sí todo bien, ya que eran espacios abiertos donde se jugaba a los carreritas en circuitos tipo Formula 1 en miniatura, a lo Mario Kart.
Karina, el huevón del que no el nombre y yo hablábamos no sé de qué cosa, pero era una conversación paja. Raros momentos donde recién veía como mujer a Karina. Raros momentos donde el huevón del que no recuerdo el nombre, parecía tener nombre.
Salimos al claro, y el claro se veía de puta madre. Un cielo rosáceo dibujando una pista de carrera, vehículos en desuso y juegos extraños. ¡Qué gran foto tomó Javicho! La puse de fondo de pantalla de mi computadora. Aunque también hubo otra foto espectacular. En ella nadie posó, salvo aquello que fue apuntado por el lente de la cámara y el flash: hablo de un elefante gigante. Imponente. Sombrío. Una simple atracción de para niños, pero una que casi parecía tener vida propia; una vida dada por Hades, tras morir; o dada por el mismísimo Diablo.
Fue un gran día. Bueno, una gran tarde. No recuerdo por qué quedamos en ir allí, en primer lugar. Es un misterio. Tal vez producto de la flojera, tal vez la arrechura o tal vez, como en mi caso: nadie tenía nada mejor por hacer.
Si esto que les cuento terminara aquí, sería solo una anécdota cualquiera, entre tantas otras: con la diferencia de que esta la contó un imbécil. Pero, por desgracia no termina aquí. Ese día… Ese día no fuimos los únicos que estuvimos allí.
Miren, deben saber que tras el declive de Daytona Park el terreno quedó en litigio. Por lo que era de esperarse que este lugar estuviera custodiado. Debimos saberlo, pero nuestro ímpetu nos nubló. Y es por ello que tras las fotos y las risas de un momento grato, llegó uno de los peores momentos que me tocó vivir. Unos sijetos de camisas blancas nos apuntaron con sus armas. Eran los de seguridad.
- ¿A quién carajo le han pedido permiso para entrar, ah! ¡Al suelo, mierdas! -exclamó uno de ellos.
Así lo hicimos todos.
Golpearon a Javicho, para robarle su equipo de filmación, los muy delincuentes. Podía oír los sollozos de las mujeres, pero no atinaba a voltear a verlas para consolarlas, ya que mi cabeza daba vueltas. Estaba a punto de desmayarme. No sé si por el miedo, o por la energía negativa que se sentía en ese preciso momento. Lo cierto es que todo parecía girar a mi alrededor. En un momento dado me pareció ver a uno de los miserables toquetear los senos de Rebecca, mientras le apuntaba con el arma a Marco. Se reía. Su cómplice de igual modo, al percatarse de su acto de maldad.
El cielo ya no era rosáceo. Ahora era de un rojo carmesí.
Grité algo que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el tiempo se detuvo; y cuando al fin lo hizo aquel elefante barritó. Un sonido ensordecedor proveniente de su enorme trompa de silicona. Con cada paso que daba el cielo se desmoronaba, trayendo consigo una lluvia de sangre. Pronto se dirigió hacia los malditos y los embistió con sus cuernos.
El tiempo se reanudó y los cadáveres no estaban. De, hecho, nadie estaba. Ni yo.
- ¿Amor, estás bien? Pareciera que tuviste un sueño locazo. -dijo Karina, quien descansaba sobre mi pecho, desnuda en mi cama, cubierta por mi frazada tigre.
El televisor estaba encendido. Apagué esa mierda.
Tras ello, reanudamos el paso en dirección al hipódromo. Porque un detalle que aún no mencioné, es que dicho lugar, el Daytona Park, estaba dentro del hipódromo. En su momento, en los 90s, sí que tenía un ingreso aparte, pero en ese momento ya no era así; e incluso ahora sigue siendo de ese modo. Entramos por la Puerta 1 del Hipódromo, saludando a los guachis como si los conociéramos y caminamos recto, en un sendero cada vez más en picada, propio de un tramo donde se transcurre con automóviles. A nuestro lado izquierdo, la caballeriza; al lado contrario, El Daytona, un cementerio de atracciones piolas, llenas de polvo y olor a pichi.
Se me cayó la envoltura de uno de mis caramelos de limón. No recuerdo en qué tramo del camino: si al principio, a mitad o casi al entrar al centro de atracciones. Lo que sí recuerdo es que Rebecca me hizo tremendo roche por eso. Yo ni enterado de que se me había caído, y la muy calienta huevas lanzándome una serie de ataques por ello. Solo podía pensar: “zorra de mier…”. Pero, tras entrar al fin, ya no pensé en zorras, ni en mier…; no, nada qué ver, solo podía pensar en lo jodidamente tenebroso que se veía eso. Era cómo estar en una peli de terror de bajo presupuesto.
Javicho estaba en su salsa, tomaba fotos por doquier. Marco, como siempre, todo ahuevado oliéndole el poto a la zorra culona que tenía por casi algo. Cargando su cartera el muy sin-bolas ese. Lucho, no paraba de sacarse la mierda solo, tras pisar alguna cosa rara por la poca iluminación. Y es que por partes no entraba mucha iluminación, ya que eran ambientes cerrados; pero por otros lares sí todo bien, ya que eran espacios abiertos donde se jugaba a los carreritas en circuitos tipo Formula 1 en miniatura, a lo Mario Kart.
Karina, el huevón del que no el nombre y yo hablábamos no sé de qué cosa, pero era una conversación paja. Raros momentos donde recién veía como mujer a Karina. Raros momentos donde el huevón del que no recuerdo el nombre, parecía tener nombre.
Salimos al claro, y el claro se veía de puta madre. Un cielo rosáceo dibujando una pista de carrera, vehículos en desuso y juegos extraños. ¡Qué gran foto tomó Javicho! La puse de fondo de pantalla de mi computadora. Aunque también hubo otra foto espectacular. En ella nadie posó, salvo aquello que fue apuntado por el lente de la cámara y el flash: hablo de un elefante gigante. Imponente. Sombrío. Una simple atracción de para niños, pero una que casi parecía tener vida propia; una vida dada por Hades, tras morir; o dada por el mismísimo Diablo.
Fue un gran día. Bueno, una gran tarde. No recuerdo por qué quedamos en ir allí, en primer lugar. Es un misterio. Tal vez producto de la flojera, tal vez la arrechura o tal vez, como en mi caso: nadie tenía nada mejor por hacer.
Si esto que les cuento terminara aquí, sería solo una anécdota cualquiera, entre tantas otras: con la diferencia de que esta la contó un imbécil. Pero, por desgracia no termina aquí. Ese día… Ese día no fuimos los únicos que estuvimos allí.
Miren, deben saber que tras el declive de Daytona Park el terreno quedó en litigio. Por lo que era de esperarse que este lugar estuviera custodiado. Debimos saberlo, pero nuestro ímpetu nos nubló. Y es por ello que tras las fotos y las risas de un momento grato, llegó uno de los peores momentos que me tocó vivir. Unos sijetos de camisas blancas nos apuntaron con sus armas. Eran los de seguridad.
- ¿A quién carajo le han pedido permiso para entrar, ah! ¡Al suelo, mierdas! -exclamó uno de ellos.
Así lo hicimos todos.
Golpearon a Javicho, para robarle su equipo de filmación, los muy delincuentes. Podía oír los sollozos de las mujeres, pero no atinaba a voltear a verlas para consolarlas, ya que mi cabeza daba vueltas. Estaba a punto de desmayarme. No sé si por el miedo, o por la energía negativa que se sentía en ese preciso momento. Lo cierto es que todo parecía girar a mi alrededor. En un momento dado me pareció ver a uno de los miserables toquetear los senos de Rebecca, mientras le apuntaba con el arma a Marco. Se reía. Su cómplice de igual modo, al percatarse de su acto de maldad.
El cielo ya no era rosáceo. Ahora era de un rojo carmesí.
Grité algo que no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que el tiempo se detuvo; y cuando al fin lo hizo aquel elefante barritó. Un sonido ensordecedor proveniente de su enorme trompa de silicona. Con cada paso que daba el cielo se desmoronaba, trayendo consigo una lluvia de sangre. Pronto se dirigió hacia los malditos y los embistió con sus cuernos.
El tiempo se reanudó y los cadáveres no estaban. De, hecho, nadie estaba. Ni yo.
- ¿Amor, estás bien? Pareciera que tuviste un sueño locazo. -dijo Karina, quien descansaba sobre mi pecho, desnuda en mi cama, cubierta por mi frazada tigre.
El televisor estaba encendido. Apagué esa mierda.