Cliff Young corrio 875 km sin parar, 1983

rickycardo1

Miembro de plata
Registro
25 Abr 2025
Temas
1.206
Mensajes
4.321
Likes
672
Puntos
697
Ubicación
lima
Era pastor de ovejas., a los 59 años hizo eso y vegetariano.
ULTRAMARATON, LE GANO A PROFESIONALES.
El héroe improbable


La mañana del 31 de marzo de 1983, mientras los corredores profesionales calentaban con ligerísimos shorts de fibra transpirable y zapatillas valoradas en un salario mensual, apareció Cliff Young. Vestía una camiseta Adidas de algodón, pantalones de chándal holgados —esa especie en extinción de la moda deportiva— y, encima de las zapatillas, unas botas de goma.


Sí, las mismas que usan los pescadores para no resbalarse en la cubierta de un barco. En el bolsillo, guardaba su dentadura postiza porque, según él, «le retemblaba al correr». La imagen era tan incongruente que los organizadores dudaron de su cordura.


—¿Seguro que sabe usted lo que es esto? —le espetó un oficial, mirando sus botas con desdén.


Cliff, con la calma de quien ha pasado décadas persiguiendo ovejas bajo la lluvia, respondió:


—Bueno, ya he corrido algo por ahí y, además, me acabo de chupar doce horas de coche para llegar aquí, así que palante.


Cuando el menda se puso en la línea de salida, los otros participantes pensaron que a dónde va este viejo, pero el viejo tenía un arma secreta: ser pobre.


Efectivamente, Cliff era un granjero. Concretamente un granjero de patatas de Victoria, criado en una familia lo suficientemente pobre como para que el concepto de «ocio» le fuese tan ajeno como el de «chanclas de piscina de Gucci». Su infancia transcurrió entre surcos de tierra y tormentas que arrancaban techos de hojalata. A los cuatro años, ya pastoreaba ganado en laderas tan empinadas que hasta las cabras resbalaban. Su entrenamiento no consistía en series de 10 kilómetros o yoga para la flexibilidad, sino en correr tras vacas desbocadas durante dieciocho horas seguidas, con una cantimplora y un bocata de lo que sea que coman en Australia como avituallamiento, y sin más compañía que el viento y el miedo a que su padre lo regañara por perder un animal.


Biomecánica de un milagro


Cuando la carrera comenzó, Cliff no corrió. Avanzó. Sus pasos eran cortos, desgarbados, como si intentara aplastar cucarachas invisibles. A 6.5 km/h —la velocidad de un paseo rápido—, su técnica parecía sacada de un manual de cómo no correr. Los expertos murmuraban sobre lesiones, sobre la ingenuidad del novato. Pero Cliff no era un novato: era alguien que había convertido la necesidad en física aplicada.


Cliff había desarrollado una zancada corta para no agotarse en las subidas, una cosa que bautizaron en inglés como shuffle, y cuya traducción es «arrastrar lo pies» pero que, en el contexto que nos ocupa, casi que podíamos llamarlo «bamboleo». Un desplazamiento a todas luces antiestético, pero energéticamente muy eficiente. Tanto que los corredores modernos llaman a esto ultra-shuffling y lo estudian en laboratorios. Cliff lo llamaba «no morir antes de llegar a casa».


Mientras los demás gastaban energía en zancadas largas y elegantes —cada una un pequeño salto que desgasta tendones—, él deslizaba los pies como un patinador en tierra. Su velocidad era constante, un metrónomo de carne y hueso. Y aquí entra la física: en distancias extremas, la eficiencia triunfa sobre la fuerza. Un estudio de la Universidad de Colorado (1998) demostraría que, en ultras, un shuffle reduce el gasto energético en un 18 % comparado con la zancada estándar. Cliff no lo sabía. Solo sabía que así no se cansaba.


Pero hay más: su postura. Mientras los profesionales erguían el torso para optimizar la respiración, Cliff corría encorvado, casi como si tirase de un arado invisible. Los fisioterapeutas se estremecerían, pero esa postura —fruto de años cargando sacos de fertilizante— redistribuía el peso hacia los talones, reduciendo el impacto en las rodillas. Era, en esencia, la técnica perfecta para alguien cuyo único equipo era su propio cuerpo desgastado.


La liebre, la tortuga y el arte de no dormir (mucho)


La gran pregunta no fue cómo Cliff corrió, sino cómo no paró. Los corredores profesionales manejan estrategias milimétricas: dormir cuatro horas por noche, ingerir cuatrocientas calorías por hora, masajes cada 50 kilómetros. Cliff no tenía estrategia. O mejor dicho, su estrategia era no tenerla.


—¿Dormir? —dijo en una entrevista posterior—. Si paras, el cuerpo se enfría. Además, tengo práctica.


En 1965, el psicólogo Randy Gardner batió el récord de privación de sueño: once días. Al cuarto día, alucinaba; al décimo, olvidaba su nombre. Cliff, en cambio, llevaba una vida entrenando en microsueños. Perseguir ovejas bajo tormentas le enseñó a dormitar en movimiento, a cerrar los ojos veinte segundos mientras sus piernas seguían mecánicamente. En la carrera, perfeccionó el método: siestas de veinte minutos, ojos entrecerrados, cuerpo en piloto automático.


—Soñé que las ovejas huían de un tornado —contó después—. Cuando desperté, seguía corriendo.


Mientras los demás perdían horas valiosas en sacos de dormir, Cliff acumulaba kilómetros. Al cuarto día, llevaba una ventaja obscena. Pero no fue solo lo del sueño: su dieta también era una herejía. Mientras los rivales tragaban alimentos ricos en glucosa, él comía sandwiches de huevo duro y bebía té frío que le pasaban en una cantimplora desde el coche de su equipo. O sea, el coche de su hermana y su cuñado, que fueron quienes le acompañaron en la gesta.


Melasudismo y la ética del premio inesperado


El término melasudismo no existe en inglés, pero debería. Es esa cualidad de quien, sin pretenderlo, sin atribuirse la menor importancia, desafía todas las normas y gana. Cliff ganó. Ganó con nueve horas de diferencia sobre el segundo clasificado. Y ganó sin saber que había un premio de diez mil dólares australianos para el primero que llegase a la meta. Cuando se lo dijeron, arrugó la nariz:


—Los otros cinco que terminaron también se merecen algo.


Y repartió el dinero. De hecho, lo repartió todo, también lo que a él le tocaba. En un mundo donde los deportistas firman contratos millonarios, Cliff regaló su premio porque sabía, como sabe cualquiera que se haya plantado alguna vez delante de una larga distancia, que nadie corre solo. Porque la grandeza no reside en los trofeos, sino en lo que decidimos hacer con ellos. Cliff, al donar el dinero, convirtió su victoria en un acto colectivo.


El legado de una bota de goma


Cliff murió en 2003, a los ochenta y un años, de cáncer. Nunca corrió otro ultra, pero su legado persiste. Los corredores modernos estudian su técnica, sus microsueños, su frugalidad. En los ultramaratones actuales, no es infrecuente ver a corredores con brazaletes y camisetas que con el texto «WWCYD» (What Would Cliff Young Do?). Algunos incluso se presentan a la salida con botas de goma como amuleto, si bien luego las dejan allí porque tampoco están tan pirados.

Cliff Young fue uno de los atletas más notables en la historia de Australia. Nacido en 1922 en una pequeña granja en Victoria, Cliff creció en una familia de agricultores y aprendió desde joven el valor del trabajo duro y la perseverancia, cultivando y cosechando papas. Aunque nunca tuvo una educación formal, Cliff demostró ser un hombre astuto y con una habilidad natural para el deporte.
A pesar de que Cliff comenzó su carrera como corredor de larga distancia en sus 60 años, logró convertirse en uno de los corredores más exitosos de la historia de Australia. A lo largo de su carrera, Cliff participó en numerosas carreras de larga distancia, pero sin dudas su logro más destacado fue su victoria en la carrera de Sídney a Melbourne en 1983. Esta ultramaratón es una de las carreras más largas y difíciles del mundo, cubriendo una distancia de más de 875 kilómetros. Tradicionalmente, los corredores descansan durante varias horas cada noche para recuperarse, pero Cliff decidió hacer las cosas de manera diferente. En lugar de descansar, corrió sin parar durante los cinco días que duró la carrera.
Al principio, muchos de los otros corredores se burlaron de Cliff por su estrategia poco convencional. Pero Cliff no se dejó intimidar y siguió adelante con su plan. Durante los primeros días de la carrera, muchos de los corredores más jóvenes y experimentados se adelantaron a él. Sin embargo, a medida que pasaban los días, Cliff comenzó a ganar terreno. Finalmente, después de cinco días de carrera sin parar, Cliff llegó a Melbourne como el ganador absoluto. Su tiempo récord de 5 días, 15 horas y 4 minutos dejó a todos boquiabiertos y se convirtió en una leyenda del deporte.
Young fue vegetariano desde 1973 hasta su muerte, en el año 2003, a los 81 años de edad. Vivió en la casa de su familia con su madre y su hermano Sid. Fue soltero durante toda su vida, pero luego de la carrera de 1983, a la edad de 62 años, se casó con Mari Howell de 23 años, 39 años menor que él. El patrocinador de la carrera, Westfield, fue sede de la boda. Young y Howell se divorciaron cinco años más tarde.
 

Atrás
Arriba